Lo oyes. Ahí fuera. Gota a gota. La lluvia desdibuja en la ventana el reflejo de tu cuerpo recostado en la cama a primeras horas de la mañana. Lo oyes, sí, es otro día gris pidiéndote un rescate por las ganas de salir a comerte el mundo que se llevó a sus entrañas hace unos días. Unas ganas que, dices, bien se pueden pudrir en ese cúmulo de nubes y gotas impertinentes. Sólo quieres girarte hacia el otro lado, cerrar los ojos... Lo oyes. Esta vez está dentro. Es el sonido del móvil. La alarma. Llegas tarde. Un día más. La ducha se convierte en el último momento reconfortante que tendrá ese día que apenas acabas de empezar, el tacto del agua que te recuerda sin explicación al cariño humano que hace demasiado que no recibes, el vapor subiendo por tu nuca como el suspiro de un ser querido inexistente mordiéndote el alma. Te pones lo primero que encuentras en el cajón roto del mismo armario insípido de siempre, su vulgar imitación de madera, sus funcionales lineas rectas ¿Cuándo aprenderá el ser humano que su especie es, por defecto, disfuncional? Desempañas el espejo con la intención de peinarte y ves tu cara inexpresiva reflejada y se te van las ganas de peinar nada, total, el peine no se va a llevar consigo el lastre de las ideas que te surcan la cabeza. Abrigo largo. Mochila con la libreta y los bolígrafos justos y necesarios. No coges paraguas. Nunca lo haces. El ascensor vuelve a no funcionar. Bajas los cuatro pisos a pie murmurando maldiciones y te cruzas con un vecino. Hola. Hola. Mera cordialidad, mantener las formas, simular ser un ser social porque es más fácil que demostrar que no lo eres. Sales a la calle. Caminas. Mismas caras de todos los días tras sus puestos de trabajo, suplicando clientes y dinero con la mirada, aunque nunca lo admitan. La lluvia va calándote el pelo, la ropa, el alma. Arrastra las ideas de tu cabeza hasta tus pies y estas llenan todo tu cuerpo, haciéndote sentir vacío. Sigues caminando cabizbajo. Llegas al paso de cebra y, lo ves, pasa ante ti: es el tren de la vida. El que has perdido. Al que nunca más te subirás.
miércoles, 16 de febrero de 2011
lunes, 14 de febrero de 2011
Sobre azules intensos
-Han debido de naufragar muchos en esa mirada.
-No tantos como crees. Ni tan buenos.
-Entonces se merecían morir ahogados.
-El pasado, pasado está. No merece la pena hablar de ello, su única función es quedarse atrás.
-Al menos, a mí, déjame nadar.
Te cristalizaste sin contestar a mi petición, en otro silencio más de esos tuyos que me hacen sentir estúpido frente al abismo inquisidor de tus pupilas. Pupilas que leen el alma y dan escalofríos y vuelcos al corazón. Pupilas que son islas en el mar de tu mirada punzante, de la carta agrietada de tu vida, del polvo de tus sueños, de las letras rotas de tus canciones tristes.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
0:36
viernes, 11 de febrero de 2011
Sobre peticiones e imposibles
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
6:48
martes, 8 de febrero de 2011
Has pinchado y no ha sangrado. Ya ves,
el pericardio también hace callo.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
21:46
lunes, 7 de febrero de 2011
Sobre los escritos que no me atrevo a publicar
Les tengo miedo
y me hacen llorar
las lágrimas más amargas
y me hacen llorar
las lágrimas más amargas
Dedicado a ellos.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
21:52
domingo, 6 de febrero de 2011
Sobre insignificancias y magnificiencias
Por todo lo que aprendí de las noches en vela con demasiadas cosas por decir y con tantos temas tabúes que rompimos con la yema de los dedos. Por mis silenciosos gemidos gratuitos de adolescente con sus primeras arrugas. Por tus caros gritos de experiencia y hedonismo sobreconocido. Por mi uso del plural inclusivo, por tu abuso de la primera del singular. Por mis rabietas sobreactuadas. Por tus decisiones drásticas, pero también por las sorpresas que tan bien se te dan entre silencio y silencio en exceso prolongados. Por la diferencia que no percibes entre mantenerme a un discreto segundo plano e ignorarme por completo. Por la sonrisa más bonita del mundo. La tuya. Y la mía. Por el niño que hay dentro de ti, por el adulto que hay bajo mi piel joven. Por tus imprevistos y por mis planificaciones. Por las reglas que rompimos. Por los mundos contrariados. Por caerte de vez en cuando entre mis cejas, por estirar tu agenda para que quepan mis sueños. Por dejarme el corazón a flor de piel. Por hacerme sentir la china en tu zapato, y la horma, y tu colmo. Por ser tan contradictorias tus insignificancias y tu voluptuosidad. Por tus dos caras y por la que yo no tengo. Por ver cómo sigo completando esta lista...
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
23:29
martes, 1 de febrero de 2011
Sobre las letras y las arrugas
Me encantan esas cartas de amor que salen en las películas donde las lágrimas desdibujan las palabras más bellas jamás escritas, esas palabras que nunca salen, o que salen en inglés, o que una voz en off hace como que lee, pero que en realidad nunca se muestran como son. Esas verdades que se esconden tras la mentira del lenguaje. Esos latidos traducidos a letras, acentos, puntos y comas que escriben universos sobre la carta de la vida. Todas las mañanas miro el buzón por si me enviaste alguna. Si me cruzo con el cartero en el portal lo penetro con mi mejor mirada, le sonrío, y veo su incomodidad por mi cara de iluso mientras lo observo repartiendo la correspondencia como un niño espera a que se abra la caja metálica de las galletas danesas (esas inolvidables galletas danesas), como un asteroide espera durante milenios el momento de erosionarse y convertirse en un reguero de luz sobre el firmamento, como una promesa. Espero esos folios que nunca llegan. Ese sello que nunca tocó tus dulces labios. Ese sobre que nunca compras de camino al trabajo. Esa tinta que nunca te atreves a usar cuando te sientas ante el esritorio antes de irte a dormir y mi recuerdo se te cae entre las cejas. Y lo sé. Pero me da igual. Sigo abriendo el buzón y tirando las facturas sin abrirlas. Sigo sonriéndole al cartero aunque haya oido comentar a la vecina del quinto que lo acoso, que soy rarito y que estoy loco, que está harta de oirme cantar canciones hechas para la gente sin problemas, de escucharme saltar en la cama como si tuviera doce años y de verme en el balcón pensativo, ajeno al mundo, sentado en la barandilla con cara de esperanzadora inocencia, como si la carta que no llega fuera a traermela una nube, que cualquier día salimos en el telediario. Y pasa el tiempo y, al final, las palabras de amor que nunca me escribiste las escribirán las arrugas sobre mi cara, junto a mis ojos, bajo mi nariz, detrás de las orejas, en la barbilla...
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
23:35
Suscribirse a:
Entradas (Atom)