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Id como una plaga contra el aburrimiento del mundo



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martes, 22 de junio de 2010

Ciudad gris

Domingo, 1 de agosto, 1915

Ya han pasado más de dos meses desde que llegué a esta maldita mancha en el Adriático. Te he escrito todos los días porque no tengo nada que hacer fuera de las cuatro paredes de este cuartucho de hostal, con una cama, una mesa y una pequeña ventana desde la que se ve el mar y por la que se cuela el salitre y se me pega a la piel dejándola salada como cuando acabábamos de hacer el amor. Y entonces me acuerdo de ti y las noches se alargan como un páramo sin sueños.

La ciudad es un tejemaneje de industrias grises y fantasmas. La gente camina del trabajo a casa y de casa al trabajo. Aunque se suponga que es el último rincón del continente en paz, lo cierto es que parece que la guerra pese más que en pleno centro de la batalla. El miedo se cierne sobre los tejados y dibuja sombras en la mirada de los transeúntes. Aún así, en el bar que hay en la planta baja del hostal se puede oir a la banda de músicos que venía en el barco tocando animadas melodías a todas horas y en el resto de locales la gente aprovecha para soltar todas sus sonrisas censuradas durante el dia y brindar en torno a partidas de dados o apuestan en peleas de gallos.

En resumen, una ciudad insípida con sus ruinas y miserias, como si me hubeira quedado en Londres, pero con menos habitantes y con el salitre el del mar en lugar del sabor de tus besos. Hoy ha llegado un comunicado del frente, dicen que el escuadrón de tu marido se va a instalar en Lurthana, la capital del país, ojalá vengas con él. Sé que no podré tocarte, pero me conformaré con acariciarte con las pupilas...

sábado, 12 de junio de 2010

Spärvitce

Lunes, 24 de mayo, 1915

He surcado los mares durante cuatro días. La playa de Ancona, Italia, desde donde partimos no estaba tan lejos, pero nos aconsejaron ser prudentes frente a la inestable Costa Dalmata y eso, sumado a la tormenta, hizo más dificil y largo el viaje. A bordo no había nada destacable: doscientos americanos, dos orondas rumanas que vendían canarios, una banda de música que tocaban tristes melodías que me recordaban a cuando te conocí en la embajada en Beirut, un limpiabotas al que le faltaba un brazo y le debía sobrar el tabaco, pues fumaba dos pipas simultáneas para dibujar después sus sueños rotos con el humo, la tripulación, mi cámara y yo.

Era el único periodista a bordo, al parecer el Europe Herald se había adelantado al resto de medios y a la guerra incluso, pues me enviaba a fotografiar el que, decían, sería el centro decisivo de esta guerra: Orovaquia, un pequeño país que ocupaba en su totalidad la península de Koltova, un rincón más del macabro puzzle que formaba la costa de los Balcanes contra el Adriático.

Nunca había oido hablar de él, una micronación a punto de caer en manos de Yugoslavia, pero que se resistía. Una perla para Occidente en medio del campo de guerra. No iba ni a su capital, sino a Spärvitce, la única ciudad donde habían encontrado desde la redacción a alguien que supiera hablar inglés en aquél maldito lugar en el pescuezo del mapa. Y allí, que ya es aquí, he desembarcado hoy. Sé que el correo no sale de la península porque los ejércitos han cortado el paso de Dubrovnik a Podgorica, pero seguiré escribiendote lo que aquí vea, porque, aunque no te tengo cerca, siento que las palabras me hacen compañía cuando eres tu para quien las sueño.

jueves, 10 de junio de 2010

Miserias: el final.

Esta vez las instrucciones eran sencillas: Plaza de la Traición, a las doce de la noche. Era un rincón del centro histórico, iluminado por una sola farola que teñía de azul los adoquines negros y siempre húmedos de una plaza en decadencia, sin árboles, sin comercios, sin vida. Sólo una farola, mil adoquines, y la encrucijada entre cuatro calles con más historia que gloria.

Llegué con dos minutos de antelación, y fueron los dos minutos más largos de mi vida. Pensaba que los gatos se iban a asfixiar en tan largos maullidos, que la oscuridad se engarrotaría de abrazarse a las paredes tanto tiempo, que la Luna iba a descolgarse de su morada. La farola parpadeaba soñolienta y entonces hoy los pasos. Unos zapatos de tacón rojos aparecieron en la esquina con su caracterítico toc-toc-toc, banda sonora de un final abierto. Las largas piernas de mi víctima se veían níveas y contrastaban con la sombría elasticidad del tiempo, sus manos, su cuello, sus labios rojos... Núria.

No comprendí qué hacía ella allí hasta que en su rostro vi una mirada de decisión que no podía llevarla allí por casualidad. Nos miramos, nos medimos. En su mano tenía una navaja. Empezó a llorar. Caminó hasta mí y me miró con un odio que no era capaz de desentrañar.

-¿Qué haces aquí?

-¿Sabes?- Dijo entre lágrimas a unos centímetros de mí.-Nunca olvidé la muerte de mi novio. La venganza fue un dibujo que siempre estuvo trazándose en mi mente. Decidí que, si no podía con las sombras de mi pasado, me uniría a ellas. Sabía que había muerto por encargo, acudí a los que se cobraron su vida y les pedí saber quién lo había matado a cambio de todo el dinero que pude sacar de mis padres antes de que nos arrojaran a la fosa del olvido. Lo que nunca pensé es que los pasos me llevaran hasta ti.

Se me derrumbó el mundo. Ahora comprendí cómo podía tener una cita con mi víctima, pes era yo mismo. No había acudido a los cobradores, ellos habían venido a mí. Núria...

-Pero, cariño, era otro tiempo, yo... yo...-Las palabras se deshilachaban en mis labios.- Perdóname.-Pedí llorando mientras acariciaba su rostro. Y en ese instante pude ver en su rostro la bondad, el perdón y una luz más intensa que la de la farola. Ví la vida, vi a nuestro hijo, y con su beso comprendí que me perdonaba. Luego se giró y se llevó la banda sonora de sus tacones otra vez a la oscuridad, y yo me quedé en el centro de la plaza con el corazón atravesado por la navaja.

domingo, 6 de junio de 2010

Miserias III

La relación entre Núria y yo había hallado su lugar entre las histerias y miserias de la vida, un pequeño rincón cómodo donde caminaba firme contra el viento. No sabría decir hacia donde iba, pero le tomaba la delantera al minutero del reloj y nos sorprendía en madrugadas abrazados el uno al otro en un nudo de sábanas sin que nos hubiéramos percatado del paso de la vida.

Sí, había olvidado. Creía que merecía una seguna oportunidad y, aunque el rostro de aquél jóven al que desposeí de sus latidos seguía protagonizando mis más macabras pesadillas, creía que podía encontrar la redención entre las piernas de Núria. Y la buscaba constantemente y ella me la ofrecía y el tiempo, tan vengativo, nos trajo lo que nadie esperaba. Tras once meses de intensa relación Núria estaba engendrando el fruto del miedo que nos había unido. Y yo temía que del miedo sólo pudiera nacer un monstruo, pero ella me convencía con su sonrisa de que todo iba a ir viento en popa y con sus canciones de cuna rota arrullaba mis temores.

Pero el pasado siempre vuelve y hay fantasmas que siempre estarán atados a nuestros grilletes y arrastraremos hasta la tumba aunque pretendarmos borrarlos de nuestra biografía. Cuidar a un niño necesitaba de dinero, de mucho dinero, la familia de Núria nos había cerrado las puertas hacía tiempo y mi madre ya había entrado en la vorágine de la enfermedad y tristemente sobrevivía a las cenizas de su juventud muerta.

Ya lo había hecho una vez, y sumar una sombra más a mi contrato con la Muerte no iba a empeorar las cosas. Sacaría dinero para cuidar al niño, para darle un futuro digno, para que tuviera un hogar lejos de las calles de la droga, donde no viera a los yonkis del ocaso ni sus jeringuillas, donde no supiera nada de morir y pudiera escuchar con su inocencia los vinilos de su madre.

Sería la última vez, ésta sería la soga que nos sacaría definitivamente del abismo.

sábado, 5 de junio de 2010

Miserias II

Se llamaba Núria. Era una de tantas más que habían caído en depresión tras la muerte de un novio drogado, o que conducía a máskilómetros de los que permite el contrato con la vida, o que había decidido meterse en una pelea de ricos más... sea como sea, nunca me contó qué había sido de él, ni importaba. Era una más de tantas en su situación. Nos conocimos en el momento idoneo.

Su ambiente cargado de gafas de pasta, pintas en garitos irlandeses y Vampire Weekend haciendo sangrar los oídos era lo más alejado de cualquier ambiente en el que me hubiera movido nunca. Igualmente, ella nunca había visto las calles llenas de jeringuillas ni los yonkis durmientes del ocaso ni las peleas de bandas en un barrio de cuya existencia nisiquiera se había percatado hasta conocerme a mí.

Fue en el centro, ese único punto de las ciudades en el que se pueden conocer gente que provenga del cerebro y gente que provenga de los piés, como un corazón internodal que conecta las tragedias con las comedias en el organismo de la vida. Aún así, nosotros éramos dos tragedias en busca de una comedia inexistente, y lo único que teníamos en común habian sido las drogas. En mi caso, se esnifaban con billetes de 5 euros, en el suyo, con billetes de 100, pero era la misma guerra luchada en diferentes campos de batalla.

Aprendimos a amarnos a pesar de desconocer el amor, y yo creía que incluso podíamos permitirnos el lujo de empezar a olvidar.

martes, 1 de junio de 2010

Miserias I

Uno no sabe explicar el momento en que la desesperación te puede llevar a jugar con la vida de otro. En qué lugar de la [perversa] mente humana se esconde esa célula que se activa en un momento dado y contagia en cadena a todo el cuerpo hasta que éste decide matar. Sin más. Ese punto en el abismo que separa el civismo de la muerte, esa palabra que todos tememos, y detrás caen las hojas del diccionario presididas por sangre, pecado, ignonimia... y después todas las palabras que acaban en -cidio. Y a uno se le cae el alma a los piés, pero ya es tarde, porque la ha vendido por un cheque que no tiene devolución y que lleva al irreversible final de la vida propia.

Yo lo hice, tenía dieciseis años. Mi madre, viuda, trabajaba 16 horas para conseguir sustentarme a mí y a mis tres hermanos pequeños. El barrio no era más que bolsas y jeriguillas arrastradas por el viento entre aceras pintarrajeadas donde dormían los últimos yonkis antes del ocaso. Y yo, desesperado, no podía ver otro destino que el que había guiado a mi generación, muerta desde antes de nacer.

Los llamaban prestamistas, o banqueros, o gente de negocios. En realidad eran cuatro chavales envejecidos por la ambición que pagaban una buena cantidad a cambio de que mataras a quien quiera que se hubiese cruzado ahora en el camino imparable de los que mandan. Pobres matando por ricos para consumir la miseria que los ricos producen para que los pobres maten. Retórica hueca, pero real.

No sé quién era, sólo sé que en ese momento valía más mi dósis que su vida, aunque, he de decirlo, después de aquello enterré la pistola en la playa, lancé la heroína al mar y nunca más volví a ver una droga. Pero yo ya había pactado com la Muerte mi final.

lunes, 10 de mayo de 2010

Post-humanidad

Tenían un puñado se sueños y se dejaron la vida en ellos. Allí están todos, con sus sonrisas en sepia, posando junto a la triste placa para conmemorar el medio siglo desde la muerte de Álex.

A la derecha del todo, Rober, con una larga barba blanca como la que un día tuvo su abuelo, aquél que tantas veces le dijo que dejara las cosas como estaban, aquél que le impedía volar y que tanto odiaba, y cuya barba hoy luce con orgullo después de que el anciano se plantara en medio de la avenida frente a todos aquellos tanques y paralizara el mundo.

Bajo él, en cuclillas, Simón, supera los 60 pero le gusta demostrar que está en plena forma como cuando rompía las lunas de los coches patrulla y salía huyendo por toda la ciudad. Se quedará en esa postura mucho después de la foto, esperando a que nadie lo mire para levantarse entre dolores y reúma.

Junto a ellos, en pié, Ari, que aún lleva un clavel negro colgando de su mano izquierda, como aquél que llevaba cuando se unió al movimiento en honor a sus padres, fallecidos los dos en aquél atentado tan célebre. Todo su cuerpo viste el luto de una vida de dolores y otoños eternos, menos su mirada, que no ha envejecido con los años.

Sentados, los gemelos: Primo y Levi. Aún a su edad todos siguen sin saber sus verdaderos nombres ni cual de los dos es cada uno. Les gustaba intercambiarse para confundir a los amigos, y a los enemigos, sobre todo cuando fichaban a alguno de los dos (hay quien dice, de hecho, que para lo archivos policiales siempre fueron la misma persona).

Tras ellos, Susana, la lesbiana. Nunca amó a una mujer, pero le gustaba provocar a las autoridades. Los tatuajes de su cuerpo se han multiplicado a mayor velocidad que los años y en su cara aún posee esa sonrisa rebelde que le acarreó tantas palizas en prisión.

Cerrando el cuadro, Rafael, el hermano de Alex, antiguo agente, que siempre tuvo un pié fuera y otro dentro de la rebelión, pero, a pesar de todas las ampollas que levantó en el grupo, los salvó de todas las gordas, como decía Sara, la novia de Alex, que aparece abrazada a Rafael, ahora su marido, con su pelo aún largo y rubio ondeando al viento y el cuerpo que tantas veces pintaron desnudo los intelectuales del movimiento. Un símbolo de la libertad.

Habían sobrevivido a la gran guerra, al cataclismo nuclear, al fin del mundo que todos vaticinaron.. con quince años habían revolucionado su mundo, habían conseguido cambiar el ritmo de la historia, y aún así, pese a las dictaduras y las represiones, allí seguían los ocho, sonriendo y luchando con los puños cerrados por los sueños de Álex cincuenta años después.

Porque nada cambia, todo gira, y vuelve a empezar.

lunes, 15 de febrero de 2010

La Tierra

Cuando murió el pueblo se llenó de mariposas. No era primavera, es más, las hojas apenas estaban siendo empujadas hacia el suelo por el otoño y llevaba cuatro días lloviendo. Y seguía lloviendo al paso del ataúd, y las mariposas amarillas volaban entre el tumulto negro, sobre el camino gris, bajo el oscuro cielo. Las alas humedas se les pegaban unas con otras y caían hacia el suelo como kamikazes sin otra víctima que las miles de hormigas rojas que habían salido a acompañar a la muchedumbre de luto. Se les subían por las piernas, trepaban por las manos y se metían entre las maderas del cajón. Los piés de la gente se hundían en el fango de donde surgían lombrices temblorosas buscando sin ojos la luz, e incluso dicen que en la costa, a cientos de kilómetros de allí, se desató de improvisto una tormenta y los cangrejos caminaron hacia el interior hasta llegar al cementerio entrada la noche, mientras que los peces habían saltado suicidas a la arena, asfaltando la playa con sus últimos suspiros.

A quien se lo contaras creería que era una leyenda. Desde luego, no la conoció.

Cuando murió, el cielo estuvo llorando durante años y pronto los peces llegaron hasta el pueblo sin necesidad de morir en la arena. Cuando la matamos, no caminábamos a su funeral, caminábamos directos al nuestro.

jueves, 1 de octubre de 2009

Solía cantar las canciones más tristes

Nació un día de lluvia y la lluvia fué la principal protagonista a lo largo de toda su vida. Llovía el día en que dijo su primera palabra -miedo-, llovía el día en que aprendió a andar -huyendo-, llovía el día en que empezó a soñar -pesadillas-, llovía el día en que mataron a sus familia en sus narices y, hasta en los días en que no llovía, llovió en su interior.

Jamás lloraba, porque cuando se crece bajo la lluvia se aprende que las lágrimas son sólo agua, más gotas de una tormenta más íntima, menos violenta, pero más hiriente, cuya única finalidad era estrellarse contra el suelo y formar charcos en los que finalmente uno acabaría cayendo.

Pero cuando se crece bajo la lluvio también se aprende a levantarse, a resurgir de sus cenizas, a secar los charcos a patadas y hacerle unos trasquilones a las nubes negras que se enredan en el pelo. Cuando se crece bajo la lluvia también se aprende a seguir por el horizonte la estela que dejan las nubes de tormenta, los culpables de los males, los dueños de la miseria, y enseñarles que, incluso bajo la lluvia, nacen soles con gran fuerza.

Soles que habitan en la mirada, en la esperanza mutilada de una niña que tubo que presenciar como en una guerra absurda más moría una familia inocente, la suya, sin poder hacer nada para solucionarlo, salvo lloverse en su interior y esperar. Esperar a que ese Sol que guarda en su alma salga un amanecer y por fín se haga de día en su tierra, dejen de sonar las canciones más tristes en su oído, dejen de morir los paisajes más alegres en su vista, dejen de existir lo sabores más amargos en sus labios, dejen de olerse las cenizas y la muerte en su olfato y dejen de sentirse los cardenales que deja la vida en el mapa de su piel.

Porque cuando se aprende antes a decir Miedo que Mamá, se aprende antes a Huír que a Caminar, y se sueña antes con Pesadillas que con Volar, sólo queda una palabra por decir, por aprender, y por soñar: Libertad.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Segunda mano

Se vende corazón jóven, en casiperfectas condiciones. Precio a convenir.
Motivo: en esta época no hacen falta los sentimientos.

El producto presenta un sano color rojo, y es perfecto para colocarlo a la izquierda. Aunque si no encuadra con sus principios, puede usted pintarlo de otro color y ponerlo a su derecha, más no garantizamos un correcto funcionamiento.
Padece una ligera taquicardia, pero es fruto de las cosas vividas, y eso, con el tiempo, se revaloriza. Y en cuanto al ligero soplo en la válvula mitral, no se preocupe, es benigno y muy silencioso, seguro que con el ruido de las monedas en su bolsillo, ni lo nota.
En cuanto a espacio, en principio tiene un tamaño estándar, y puede usted reestructurar el interior a su gusto. Aunque la OMS recomienda tener dos ventrículos y dos aurículas (para guardar amistad, amor, salud y esperanza a partes iguales), igual a usted no le interesa, y puede hacer una única estancia donde almacenar dinero.
No lo desheche porque crea que no lo necesita, igual un día camina por la calle, ve a un pobre mendigo durmiendo en su portal y, en vez de ayudarlo, decide usted echarlo a patadas. Entonces descubrirá que no tiene corazón, y echará de menos esta oferta. O quizá cuando mire a esos niños negritos cubiertos de mosquitos y tirados sobre la arena, esperando la hora de la muerte, pues saben que la que no llegará nunca será la hora de la cena. O quizá cuando vaya a su banco y saque un dineral que gastar en su club de golf, la exclusiva ropa de su hija adolescente, la prestigiosa universidad privada de su primogénito o el yate de su encantadora (aunque hueca) esposa... un corazón de repuesto nunca viene de más.
Y yo, creanme, viéndolos día a día sumergidos en sus esferas, he decidido compadecerme de ustedes y, como de pequeño me enseñaron a compartir lo poco que tubiera, he llegado a la conclusión de que necesitan mi corazón más que yo.
Estoy abierto a cualquier oferta,
un saludo, C.C.

lunes, 3 de agosto de 2009

Cartas de amor desde una tierra desesperada

Hola cariño,

hoy es viernes, otro más. Otro de los tantos que te he escrito ya. Hoy además es impar, y como todos los días impares he salido arma en mano y he matado. Hombres, mujeres y niños. Que en la guerra no hay distinciones, eso de respetar a los débiles son romanticismos en desuso. Mañana será día par, y esos son peores. Los días pares no salgo, pero los paso acurrucado en la cama como un niño pequeño, destrozado, y recordando una a una las miradas de todas las personas que maté el día anterior. Miradas de terror y de súplica. Miradas humanas. Sí, humanas. Humanismo de ese que siento que ya no me queda y que sólo tú me haces recordar.

Hoy, como todos los viernes impares, he llorado, y eso es algo que, aunque me prometí hacerlo sólo los viernes impares, hago también todos los días pares y los que pasan entre medias.

Hoy, y aunque duela decirlo, puede que sea el último día que te escribo. Sí, me han destinado a los escuadrones, y en primera fila. Sí, ese sitio al que mandan a los cobardes. Tu marido es carne de cañón.

Quiero que sepas que, aunque muera como cobarde, tu marido siempre ha sido un valiente. Esta guerra no es la mía y me he cansado de matar a niños mientras el mío crecerá sin que yo pueda verlo. Esta guerra no es la mía y me he cansado de besar banderas que jamás dejarán escapar un llanto por mí el día de mi muerte. Esta guerra no es la mía y ya estoy arto de cantar himnos que no saben de libertad ni de esperanzas.

Esta querra no es la mía, ni la de nadie más.

Quiero que le pongas a nuestro niño Océano. Tú nunca lo has visto, pero te asombraría lo inmenso que es. Lo he sobrevolado mil veces y sólo entonces he hallado la paz que en estas tierras ya no se recuerda. Paz, curiosa palabra. Los humanos somos tan sumamente capaces de nombrar cosas abstractas que con tres letras hemos bautizado un hecho que quizá nunca conozcamos.

Si no te gusta, también puedes ponerle Libertad. No sé muy bien que significa, nisiquiera creo que exista. A mí me han hablado muchas veces de ella y sin embargo estoy luchando en esta guerra, obligado, en contra de lo que me dicta mi corazón. Cuando pregunto al respecto a mis superiores me dicen que confundo libertad con libertinaje. Aunque tampoco creo que ellos sepan de lo que hablan, se miran demasiado el ombligo como para abrir un diccionario.

Si aún así no te gustara, podrías llamarlo Amor, Amistad, Sonrisa, Sueños, Amanecer, Futuro o Infancia. Parecen cosas simples, pero una vez aquí se echan de menos.

El otro día salvé a una niña en medio de un bombardeo, no comprende nuestro idioma, pues aquí hablan distinto. Creo que a eso se le llama multiculturalidad y tiene algo que ver con lo que nos hace humanos y distintos entre todos a pesar de ser iguales. Aunque de Igualdad tampoco se oye hablar mucho por estos páramos. Mantuve a la niña escondida unos días hasta que pude llevarla a la frontera donde la recogieron unos voluntarios pacifistas. Como había olvidado todo sobre su pasado, les dije que se llamaba como tú, Esperanza.

De echo salvar a esa niña es lo que me ha llevado a que me destinen a las primeras filas mañana.

Será durante una batalla de trincheras. Sinceramente, no suele sobrevivir nadie, y yo no seré una excepción.

Ahora que ya me he desahogado, sólo queda decirte que cuando recibas la carta dejes abiertas todas las ventanas de casa y dejes sobre tu mesita de noche una vela encendida para no perderme en el infinito, que en el firmamento, con tantas estrellas, uno debe de perder el rumbo a menudo. Y es que por fín, cariño, vuelvo a casa.

Esperando abrazarte nuevamente,
tu marido que te quiere y no te olvida.

martes, 30 de junio de 2009

Bajo la tormenta

-¿Aún la ama usted?- Preguntó derrotada.

-Yo no sé amar, lo sabes perfectamente. Soy demasiado egoísta y todas esas cosas que acostumbras a echarme en cara. Hablemos de otra cosa, por favor.

Sin embargo, no conseguimos hablar de otra cosa. Pasamos el resto de la velada hilando temas vanales, sin que ni el uno ni el otro prestara atención a lo que su interlocutor le contaba, sin que ni el uno ni el otro prestara atención ninguna a lo que él mismo decía. Cualquier expresión, cualquier palabra, cualquier sonido emitido sólo tenía como finalidad empujar al tiempo en su pesado recorrido por la esfera de los relojes. Aquello no era una conversación, era un eterno esquivar el único tema del que podíamos hablar, del que queríamos hablar.

Ella estaba sentada de piernas cruzadas, frente a mí, la mesa separándonos como una oportuna frontera, evitando que mis ojos vieran lo que asomaba bajo su fino camisón de algodón blanco, apenas una capa de niebla que ocultaba lo que debía permanecer desconocido. Su piel pálida, como de princesa, como de mendiga, como de las dos cosas a pesar de ser contradictorias, frágiles, quebradizas. Su cabello negro, como de sombras, como de engaños, que en esto si que no había contradicción, caía sobre los hombros cómo si lo hubiera despeinado un vendaval, el vendabal de su carácter. Carácter que se mostraba en el brillo de sus ojos, serenos, seductores, inteligentes. Profundos. Carácter que tácitamente me obligaba a darle explicaciones sobre todo lo que hacía a cada hora, lo que pensaba a cada momento, y no tenía porqué ni obligación ninguna. Ella era apenas una niña que me idolatraba, que había insistido tanto en trabajar para mí que había acabado siendo mi secretaria, que me había intentado seducir miles de veces y la había rechazado todas ellas. Ella no era nadie. Sin embargo, ese brillo en sus ojos tras el denso vapor que ascendía de su café me obligaba a darle explicaciones. Y no quería.

La lluvia percutía insistentemente en la ventana. Tras el cristal, los tejados de la ciudad se acurrucaban bajo la tormenta, derrotados por sus truenos y relámpagos, resignados a soportar el aguacero. El gris de las nubes se sincronizaba con el gris de mi alma. En esos momentos lo único que me apetecía era ir corriendo a la estación de ferrocarriles. Quería ir allí como antaño, como en los días posteriores a su partida. Como cuando se subió al tren, llevándose en su equipaje mi felicidad, y se alejó sin despedirse. Como cuando yo, días después, aún acudía a la estación y me sentaba a esperarla en los bancos, como un alma de hierro forjado que decorara el andén, esperando que su tren hiciera marcha atrás y se bajara de nuevo en la estación, con una sonrisa como único equipaje, y un “te quiero” en los labios. Todo eso era lo que deseaba revivir en aquellos momentos.

Miré mi reloj mientra seguíamos hablando sobre temas intranscendentes, caducos. Era una mala costumbre que tenía, porque sabía perfectamente que el reloj marcaba las seis y veinte de la tarde. Siempre marcaba esa hora. Cuando se subió al tren para no regresar, yo estrellé el reloj contra el suelo conducido por la rabia que se acumulaba en mi interior, y, partiéndose la esfera por la mitad, las agujas se habían congelado en aquella hora, condenándome a recordarla eternamente, pues no me veía con el valor ni las ganas de tirarlo, arreglarlo, o comprarme otro.

Miré el reloj de pared, marcaba una hora mucho más desalentadora que la de mi reloj, ya que el tiempo había avanzado como sumergido en una balsa de aceite, y la tormenta arreciaba cada vez con más fuerza. Miré de nuevo por la ventana e imaginé que la ciudad ardía por completo. En aquél momento habría dado mi alma por ver que todos los que odiaba morían, por ver que la maldita ciudad se prendía fuego de golpe y se quemaban con ella mis fantasmas. ¿Y qué si todo acababa? ¿Y qué si en aquella milésima de segundo tan corta y efímera en la que había creído ser feliz todo hubiese reventado sin dejar tras de sí más que un rastro de polvo y estrellas en las que se acumularan todos nuestros recuerdos y sonrisas, desapareciendo cual brisa de verano y dejándonos solos, abandonados, con nuestros sueños esparcidos por las paredes y la nuca de la vida estrellada contra el suelo de nuestra imaginación? ¿Y qué si todo ardía?

Miré de nuevo al frente, mi secretaria bajaba la mirada hacia su taza intacta, ahora el silencio se adueñaba de la estancia. Recordé una de las últimas conversaciones que tubimos minutos antes de que se subiera al tren. Me habló de sus sueños. De llegar a París y ser una gran vedette. Que tenía cuerpo, gracia y salero. Que en aquel país no había sitio para ella, que las cosas se estaban poniendo feas. Que a saber si la república iba a durar mucho más o si yo iba a durar la mitad que ella. Que yo era un escritor de poca monta que no había publicado ni un solo libro, y ella se merecía estar con todos aquellos bohemios de los que todo el mundo hablaba. Que quería seguir soñando, y las circunstancias junto a mí ahogaban sus sueños. Y yo le dije que sí, le dije que sí a todo. Que sería la mejor vedette de París. Que aquel país se le quedaba pequeño. Que mi esperanza de vida se acortaba a grandes pasos por aquél maldito tumor. Que yo era un escritor de poca monta. Que ella tenía que seguir soñando y que no nos volveríamos a ver. Le dije a todo que sí y aún así volví todas las tardes a esperarla, como si no supiera ya que no iba a volver, queriendo engañar a mi alma, queriendo convertir los paseos a la estación en parches para mi corazón descosido.

Incómodo por el silencio, retomé la insulsa conversación hablando del tiempo, y mientras tanto, pensé en como había empezado todo. En como la había conocido una tarde de julio, un julio caluroso. Yo caminaba apresurado para coger el tranvía que me debía llevar a mi primera entrevista con un editor. Cuando aparecí en la plaza, el tranvía ya iniciaba su trayecto hacia las profundidades del casco antíguo, así que empecé a correr desesperado con mi maletín de piel en una mano, sujetando mi sombrero con la otra, las solapas de la americana marrón volando en sintonía con la música de mis pasos. Llegué agobiado hasta la boca calle por la que el monstruo de hierro deboraba sus vías y, sin pensérmelo dos veces, salté al interior, cayendo desafortunadamente, o no, sobre una preciosa joven, puestas cada una de mis manos en uno de sus senos, mi maletín abierto con las hojas esparcidas por el suelo y mi cara de satisfacción por haber subido al vehículo a tiempo directamente enfrentada con su cara de sorpresa, que rápidamente se transformó en una cara de indignación, y me abofeteó mientras me gritaba improperios. Yo no podía más que recoger los papeles sin apartar la mirada de su bello cuerpo envuelto de un elegante vestido a flores, su rubio y angelical cabello recogido bajo una pamela y sus labios cual carmín. Me puse en pié lentamente frente a ella y, mientras seguía exigiéndome una disculpa, yo simplemente la besé ante el asombro del resto de pasajeros. El acople fue tan perfecto que ella no opuso resistencia ninguna y, desde ese momento, avanzamos por la vida como un tren en llamas que no quisiera detenerse nunca por miedo a rasgar la noche. Avanzamos por la vida como un río bravo que se abriera paso entre montañas sin decidir dónde iba a desembocar ni saber dónde había nacido. Avanzamos por la vida como si nuestros relojes tubieran los segundos contados y pensando que, de tanto correr, de tanto hacernos el amor una y otra vez precipitadamente, las agujas del reloj no nos tendrían en cuenta en su eterno recorrido hacia el fín. Pero nada de eso era cierto, y todo empezó a ir demasiado rápido para mí, tan rápido que, cuando me decidí a parar un momento para pedirle un breve descanso, ella ya había hecho las maletas para seguir su camino sin mí.

Ahora mi secretaria hablaba de la situación en el continente. Que qué feo se estaba poniendo el asunto y todo eso. Que si comunistas, que si nazis. Miles de asuntos sobre los cuales nos llegaban unas informaciones tan difusas, tan turbias, tan contradictoras, que no le dejaba hablar nunca de ello, porque no podíamos emitir juicios sobre cosas que nisiquiera sabíamos si eran del todo ciertas. Quizá por eso, porque sabía que se lo prohibía y sabía que sólo la escuchaba intermitentemente, se permitía el lujo de hablar de ello, siendo consciente de que no iba a recibir recriminación alguna, aunque tampoco respuestas complacientes. Bajé la mirada hacia mi propia taza de café, tan intacta como la suya, y escuché a las nubes llorarse sobre la ciudad. Recordando todos los propósitos que nos habíamos hecho, sentí ganas de llorar también, de llorarme, de llorar reflexivamente, como, a pesar de sonar irracional, hacían las nubes. Pensé en las bobadas que decíamos mientras hacíamos el amor en cualquier sitio, cosas absurdas, poéticas y poco pragmáticas. Decíamos que queríamos ser dos estrellas en el firmamento de la suerte, brillar tanto que no quedara un alma a oscuras, y volar como dos pájaros de fuego rasgando el horizonte, dejando tras nosotros una aurora boreal de sonrisas y gemidos. Queríamos vivir cada segundo o, si era posible, detener el tiempo. Queríamos ser eternos, y por ello, viendo las olas derretirse en la arena, nos derretimos nosotros en nuestro propio amor, para no volver a alzar el vuelo nunca más. Y el mar, una vez acabó de hacer el amor con el horizonte, se rió de nuestra ingenuidad.

Al otro lado de la mesa, sin verlo, intuí que mi secretaria se bebía por fín su café y, cediendo de sus intentos por establecer nuevamente una conversación, se fue a la cocina, dejándome a mí con mis divagaciones. Ahora pensaba en todas las sensaciones que habíamos vivido juntos. Todas aquellas noches que nos habíamos evadido de la realidad y habíamos sentido que todo era más claro, más limpio. Que todo era menos humano, menos necio. Y desde nuestro firmamento habíamos mirado con arrogancia la creación y nos habíamos reído de ella. Quizá por eso ahora estaba acabado, convertido en un saco de cenizas con cáncer. Recordé cuando soñaba que éramos dioses, y sin embargo, nos desvanecimos en soplos de cierzo. Recordé cuando soñaba que éramos reyes, y nuestros tronos se convirtieron en polvo. Recordé cuando aún soñaba, y hoy apenas duermo.

Mi interlocutora frustrada tarareaba una triste cancioncilla desde la cocina, y yo empecé a darle vueltas a las últimas palabras a las que había prestado toda mi atención esa tarde. Cuando me había preguntado si aún amaba a la mujer de mi vida, aquella rubia con ínfulas de diva que se había marchado a París para no regresar, y yo le había dicho que no sabía amar, que era un egoísta, y ahora esas palabras caían en mí como puñales.

En mi interior, un odio hacia mí mismo empezó a arremolinarse, y sentí que ya no tenía ganas de vivir. Sentí que si respiraba una vez más sólo expiraría borrones de sangre y versos negros que inundarían las aceras de mi corazón, ya de por sí inundadas de barro y fracasos. Sentí que no tenía ganas de vivir, porque las ganas de vivir me superaban. Sentí que la enfermedad iba muy lenta, y quería que acabara conmigo en ese momento. Y me dí cuenta de que nada había valido la pena. Me odiaba por no saber amar, por permitir que una pasión desenfrenada hubiera hecho trizas mis sueños. Y sentí que ya era tarde para recoger los cachos caídos por mi habitación. Sentí que ya era tarde para esbozar una sonrisa y recomponer con ella los pedazos de luz que me rodeaban, y colgar del cielo un nuevo sol que me guiara. Remendado pero más grande. Cosido pero más humano. Desgastado pero más mío.

Comprendí que ya era tarde para seguir dándole caza a los sueños, así que, harto de mí, me levanté, y, a pesar de que no había transucrrido ni media tarde, abandoné el hogar y salí a la calle caminando bajo la lluvia. Odiándome por no saber amar.

Cuando ya llevaba unos cuantos metros, la oí gritar tras de mí:

-¡No es verdad!- Me giré y observé a mi joven secretaria sollozar empapada desde el portal del edificio.- ¡No es verdad que usted no sepa amar!

lunes, 29 de junio de 2009

Entre andenes

Te vi en la estación. Frágiles arcos de puro hierro fundido surcaban el firmamento sobre tu cabello azabache. El negro de tu pelo contrastaba con el negro de los arcos, y éste con el negro de tus ojos, negros tan diferentes y sin embargo idénticos.

Los muros del color de un amanecer excesivamente pálido, un amanecer que te hubiera mirado a los ojos y hubiera huido despavorido por la belleza que desprendían tus pupilas.

Tus labios eran carmesí, como mi billete de tren. Eran de un tono tan salvajemente agresivo que asustaba mirarlos. Eran sangre.

De tus orejas, finas como vidrio, estilizadas como cristal, colgaban pendientes al igual que de los pilares de la estación colgaban las farolas de estilo modernista.

Tu cuello era como un pilar, fino pero resistente, de esos que sujetan el peso de una catedral de estrellas, de un templo a la belleza, pues como tales sujetaba tu cuello tu cabeza.

Tus hombros, altivos, orgullosos, miraban al mundo como si reinaran sobre él, y ciertamente lo hacían, pues las nubes se rendían a su superioridad llorándose a sí mismas sobre la estación, cayendo como un telón de lluvia que no conseguía esconder tu imagen.

Tu pecho parecía enchido de esperanza, de sueños, de una vida planificada que avanzaba como un tren a toda máquina arrollando la mediocridad de todas las personas que te rodeaban, que te miraban con cara asombrada, horrorizada, formando un círculo a tu alrededor, lo suficientemente cerca para observar la muerte en tus iris y lo suficientemente lejos para no mojarse los pies en la sangre del charco que te rodeaba.

Y es que había una pega, me dí cuenta de lo bella que eras demasiado tarde, cuando ya te había disparado y había huido para siempre de la ciudad buscando una nueva víctima que añadir a mi colección.