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Id como una plaga contra el aburrimiento del mundo



jueves, 10 de marzo de 2011

Journalismi

O lo que es lo mismo, 'periodismo' en suomi, la compleja lengua de Finlandia, país donde, desde hoy, sé que voy a pasar mi próximo curso.

Son buenas noticias, casi increíbles. La subasta, en la que objetivamente tenía pocas posibilidades, ha sido un acto circense con predecesores en la lista de adjudicación que han resultado ser personas drogadas, desorientadas o ausentes, o todo a la vez (y todo en sentido figurado). Los destinos en inglés han ido resbalando y cayendo en cascada a pesar de soler ser los más solicitados y así ha sido como mi primera opción en la solicitud, la ciudad de Tampere, ha llegado a mis manos. Un año que pasaré, además, en grata compañía, pues la otra plaza disponible se la ha quedado una gran compañera pero, sobre todo, amiga.




Y nada más, me apetecía compartir esta noticia. El año que viene seré menos periodista para ser más toimittaja. Y no nos preocupemos por lo complejo del finés, ¡que las clases son en inglés! (Aunque creo que el principal problema, más que el idioma, será el frío).

lunes, 7 de marzo de 2011

Odio...

...los días lluviosos. Y la gente que se salta los semáforos y los que dejan que su perro haga sus necesidades en la acera. Odio la gente que se queda todo el fin de semana en pijama, y cómo huele allí donde ellos están. Odio la gente que camina por el carril bici, y los que piensan que es el carril de pasear al perro, de aparcar la moto o de carga y descarga. Odio las aglomeraciones en torno a los partidos de fútbol, y la pasividad de las masas, y las opiniones fáciles. Odio la gente que promete la luna y cuando le das el Sol, desaparecen. Y odio a los que no son capaces de dar el primer paso, a los que nunca saludan primero y a los que creen que crece oro por donde pisan. Odio los que te acusan de ser materialista y tienen todos los gadgets 3G. Odio la prepotencia, y odio los padres que riñen constantemente a sus hijos por la calle, los tenderos bordes y las abuelas que critican sistemática y arbitrariamente a los jóvenes en el autobús. Odio las peticiones de amistad de gente que ni te saluda, la oposición barata y el etnocentrismo. Odio la gente que dice "Yo digo las cosas a la cara" o "Así soy yo, si no te gusta, no mires", porque suelen reflejar más falsedad e intolerancia que los que cambian palabras por hechos. Odio a los "punks" que hablan de música como iluminados, cantan letras de Heavy absurdas y llegan al éxtasis con melodías de Ska plagiadas pero no saben quienes son los Sex Pistols, el do it yourself  y Bakunin. Odio la gente que no contesta a los mensajes, los "jajaja" vacíos y la gente que te mira raro porque no llevas de tono de móvil lo último de Guetta. Odio la soledad del alma, los taxistas que no saludan y el precio del menú en la facultad. Odio los profesores que dan demasiado por sentado, las ideas extremistas y los chistes a costa de la diferencia. Odio la televisión basura, las modas pasajeras y los 40 principales. Odio los ídolos de masas, los que infravaloran las letras y humanidades, y los que no te consideran in porque no tienes una BlackBerry. Odio los ni contigo ni sin ti, los no busco nada serio ni los te quiero demasiado tempranos.

Y odio odiar y, si por mí fuera, no lo haría. Pero a menudo es placentero y, aunque odie ser hedonista, me consumo, gustosamente, en ello.

viernes, 4 de marzo de 2011

Soledad y otras desdichas

Dicen que la soledad es un bien preciado. A quién la quiera, yo se la dejo a precio de ganga. No hablo de soledad física, por supuesto que no, estoy más que rodeado de gente amable y que me quiere. Es una soledad de una magnitud mayor. Es una soledad tan espesa que se palpa, que pesa, que arrastra tus entrañas y tira de ellas hacia el fondo y puedes sentir como se van todas por un desfiladero y, encima de solo, te dejan vacío. Me refiero a esos momentos en que te pondrías la canción más triste de tu repertorio y te gustaría morir con sus notas. Esos días en que te apetece que se escriban nuevos libros que sólo hablen de miserias. En que quieres ver una película que te haga llorar hasta la última lágrima que te quede dentro. Porque lágrimas es lo único que te queda dentro, recuérdalo, estás vacío. Es la ausencia de todos y, a la vez, de nadie. Es una soledad cuyo idioma sólo habla el alma y dialogan sobre tu destino sin que tú puedas interferir aunque lo único que quieres decir es que tu muerte, por favor, sea rápida. Sientes que tu pecho encoge, por muy grande que lo tengas, por muy ancho y mucho aire que quepa. Sientes que te asfixia. Que te oprime. Que te ahoga. Que te mata. No sabes cómo ni cuándo ni porqué ha llegado esa soledad ni quieres saberlo. Está ahí. Te vigila. Forma parte de tu vida, y acabará con ella. Llora, anda, llora, que nadie va a sacarte de esta.

miércoles, 2 de marzo de 2011

No hay pecado en querer desnudarte sin quitarte la ropa.

lunes, 28 de febrero de 2011

Sobre aquella tarde

He necesitado mucho tiempo, más del que hubiera pensado, para poder ver aquello con la perspectiva necesaria para no culparme a mí mismo. Para digerir aquellas palabras, aquellas caricias y, sobre todo, para tramitar en la burocracia lejana y caótica de mi mente, el sabor de aquellas lágrimas.

Ahora nada importa ya, pero aquella tarde de verano, con la ventana abierta para que respirara nuestro mundo, sentado en tu cama, apoyado en la pared, abrazado a mis piernas, mientras tú dormías, sentí que me iba la vida en ello. Que se me escapaba el universo. Que se me desbordaba el alma. Lloré por el fin de lo nuestro, pero también por el inicio de lo mío. De lo que sólo comparto conmigo mismo en los ajetreos de mis noches de insomnio y pretéritos impertinentes. De todo lo que yo mismo he ido acomodando entre los recuerdos tristes de mi vida, ocupando los vacíos que dejan los recuerdos alegres en su fuga a otros países con menos autocrítica, menos castigo, y menos régimen de sonrisas. De las horas invertidas en tejer los descosidos de mi corazón, por donde se me escapaban las ganas de vivir. Ahora que el cristal de la distancia y los meses me deja verlo, creo que hubo sinceridad cuando te despertaste e interrumpiste mi caída libre.  No puedo darte más que las gracias. A pesar de todo, las lágrimas posteriores fueron las que más dolieron. Ojalá nada hubiera salido como salió. Hubiera preferido conocerte en otro momento, quizá hubiera funcionado, quizá hubieras arreglado el rumbo torcido de mis sueños.

Tengo la brújula rota.

lunes, 21 de febrero de 2011

Sobre la caligrafía de las lágrimas

Es como una semilla. Está ahí, la sientes, en el estómago. A veces te olvidas de ella, pero otras parece que la riegue un ente desconocido, sin motivos, y brota y su tallo trepa hasta tu laringe y, cuando parece que va a salirte por la boca, trepa un poco más y se te desborda por los ojos en forma de lágrimas. Lágrimas que cubren tu rostro, caen, pesadas, de tu barbilla húmeda a tus hombros, a tu pecho, a tu ser, y siguen mojando el resto de tu piel hasta calar y regresar al epicentro de tu miseria, donde riegan nuevamente esa semilla para que sus brotes nunca mueran. Ni siquiera cuando sonríes, aunque sea por un tiempo prolongado, aunque lleves días sin ver una nube en el horizonte, aunque creas que todo ha terminado, desaparece. La semilla sigue presente, y puedes cortar todas las veces que quieras el tallo, fingir ser feliz, que volverá a crecer, preferiblemente, cuando menos te lo esperes, y reabrirá las heridas que creías cosidas y curadas, y dejará salir la sangre para que escriba por ti esos versos tristes que no te atreves a pronunciar en voz alta, y la punzada del dolor y de aquél pasado que siempre fue mejor te traerá al presente tu autobiografía escrita a base de sudor y llantos. Y quieres gritar. Y te sientes hastiado, asqueado y mosqueado con el mundo. Sientes que no eres merecedor del afecto de nadie, nada, nunca. Estás sólo. Siempre lo has estado. Siempre lo has merecido.

Eres la única falta de ortografía que ensució la redacción pluscuamperfecta de la alegría.

domingo, 20 de febrero de 2011

Si supiera el porqué de mis vacíos los llenaría con la respuesta.
Como no lo sé, no los lleno con nada y, en consecuencia,
tengo el doble de vacíos. Los viejos abren nuevos.