Ahora sí empiezo a notar que se me escapa el alma por los descosidos.
lunes, 18 de octubre de 2010
viernes, 15 de octubre de 2010
Sustos
Sentimiento: estado afectivo del ánimo producido por causas que lo impresionan vivamente.
No sé si el diccionario se equivoca. La casa está vacía. Solos yo y mis fantasmas. Al otro lado de las ventanas, frío, el otoño ha hecho su trabajo. Y oscuridad. Tanta que oprime, cuando antes me concedía libertad. Una libertad tan grande que dejó cicatrices incurables.
De fondo, música. The Beatles, Yann Tiersen y Two Door Cinema Club. Una mezcla extraña, presumo de buen gusto musical, creo que sus melodías me llenan. Soy un iluso, sus notas nunca van a solucionar mis penas, mis devaneos, mis tejemanejes infinitos, insistentes e impertinentes. Mis miedos.
Todas las luces están apagadas, menos la de la cocina, menos el ordenador con su pantalla acusadora, menos el piloto de la lavadora, y su ruido constante y disonante, y mis trapos sucios dando vueltas en su único ojo que me mira amenazador, sabe lo que pienso. Yo, cara al fregadero, intento dejarlo todo impecable. Nunca reconoceré que lo hago para evitar pensar, para evadirme del resto de habitantes de ese piso vacío. Esos que nadie ve excepto yo, esos que me ladran hasta el llanto antes de dormir cada noche e invaden y hacen suyo cada sueño.
En el fondo me río, ironicamente, de mí mismo. Yo que siempre dije que eso del amor es un cliché. El acrónimo de Roma y poco más. Yo que alardeaba de mi independencia. De no querer ser de nadie, de no querer que nadie fuera mío. Y ¿ahora qué? Soledad. Y en el momento en que lo descubro siento algo que me asusta, que viene por dentro, e intenta salir. Creo que es ira, y froto con más fuerza las manchas en las baldosas aunque mis brazos tiemblan, pero pronto me doy cuenta que era tristeza disfrazada de agresividad. Que no quiero pegar, lo que quiero es... y antes de pensarlo ya cae mi primera lágrima dibujando los ríos por donde se escapó mi autoestima y tengo que admitirlo, avergonzándome de que me vean los fantasmas que recorren el pasillo. Lo que quiero es llorar. Una vez más.
Y al acabar, al sentarme en el suelo odiando todos y cada uno de los pasos que he dado en mi vida, maldiciendo el camino sin salida que he trazado, sólo puedo venir y escribirlo para así comenzar a olvidarlo. Se ha convertido en un ritual: te ignoro, te siento, te lloro, te escribo y te vuelvo a ignorar. Y, por favor, no me preguntes más por el significado de las etiquetas. Todo, de alguna manera, es real. Aunque me guste esconderme y excusarme en mentiras que están dichas de verdad.
No sé si el diccionario se equivoca. La casa está vacía. Solos yo y mis fantasmas. Al otro lado de las ventanas, frío, el otoño ha hecho su trabajo. Y oscuridad. Tanta que oprime, cuando antes me concedía libertad. Una libertad tan grande que dejó cicatrices incurables.
De fondo, música. The Beatles, Yann Tiersen y Two Door Cinema Club. Una mezcla extraña, presumo de buen gusto musical, creo que sus melodías me llenan. Soy un iluso, sus notas nunca van a solucionar mis penas, mis devaneos, mis tejemanejes infinitos, insistentes e impertinentes. Mis miedos.
Todas las luces están apagadas, menos la de la cocina, menos el ordenador con su pantalla acusadora, menos el piloto de la lavadora, y su ruido constante y disonante, y mis trapos sucios dando vueltas en su único ojo que me mira amenazador, sabe lo que pienso. Yo, cara al fregadero, intento dejarlo todo impecable. Nunca reconoceré que lo hago para evitar pensar, para evadirme del resto de habitantes de ese piso vacío. Esos que nadie ve excepto yo, esos que me ladran hasta el llanto antes de dormir cada noche e invaden y hacen suyo cada sueño.
En el fondo me río, ironicamente, de mí mismo. Yo que siempre dije que eso del amor es un cliché. El acrónimo de Roma y poco más. Yo que alardeaba de mi independencia. De no querer ser de nadie, de no querer que nadie fuera mío. Y ¿ahora qué? Soledad. Y en el momento en que lo descubro siento algo que me asusta, que viene por dentro, e intenta salir. Creo que es ira, y froto con más fuerza las manchas en las baldosas aunque mis brazos tiemblan, pero pronto me doy cuenta que era tristeza disfrazada de agresividad. Que no quiero pegar, lo que quiero es... y antes de pensarlo ya cae mi primera lágrima dibujando los ríos por donde se escapó mi autoestima y tengo que admitirlo, avergonzándome de que me vean los fantasmas que recorren el pasillo. Lo que quiero es llorar. Una vez más.
Y al acabar, al sentarme en el suelo odiando todos y cada uno de los pasos que he dado en mi vida, maldiciendo el camino sin salida que he trazado, sólo puedo venir y escribirlo para así comenzar a olvidarlo. Se ha convertido en un ritual: te ignoro, te siento, te lloro, te escribo y te vuelvo a ignorar. Y, por favor, no me preguntes más por el significado de las etiquetas. Todo, de alguna manera, es real. Aunque me guste esconderme y excusarme en mentiras que están dichas de verdad.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
21:41
domingo, 3 de octubre de 2010
Interesante
Supongo que un sábado a las 2:28 de la madrugada no voy a encontrar a nadie interesante aquí. Y supongo bien. La gente interesante ha salido a pasear sus vidas interesantes por las calles iluminadas de su mundo convergente de conversaciones divergentes con otra gente interesante y con mucha gente no interesante pero que muere por ser como ellos mientras suena la música que yo siempre escucho a escondidas. Sé que yo fuí interesante, pero me asusta salir y comprobar si sigo siéndolo ahora.
Me asusta intentar buscar en medio de tanta gente interesante a la única persona a la que sé que no puedo encontrar, y me asusta encontrar cualquier otra cosa y recordar tus labios cuando rozo los suyos, tus manos cuando las suyas me rozan, tu perfume en sus nucas insípidas. Me asusta buscarte a ti, porque sé que no voy a encontrarte, que no estás aquí. Y me asusta lo mucho que me he encaprichado de cómo eres, y me asusta que me supiera tan a poco, y me asusta que en un futuro aún me sepa a menos.
Dejaré que las hojas del otoño sigan sumándose sobre mí, quizá cuando llegue el invierno haya dejado de soñar que regresas y no me haces caso. Quizá para entonces lo habré comprobado en persona, y no tendré más remedio que reinventarme. Esperaré el tiro.
Me asusta intentar buscar en medio de tanta gente interesante a la única persona a la que sé que no puedo encontrar, y me asusta encontrar cualquier otra cosa y recordar tus labios cuando rozo los suyos, tus manos cuando las suyas me rozan, tu perfume en sus nucas insípidas. Me asusta buscarte a ti, porque sé que no voy a encontrarte, que no estás aquí. Y me asusta lo mucho que me he encaprichado de cómo eres, y me asusta que me supiera tan a poco, y me asusta que en un futuro aún me sepa a menos.
Dejaré que las hojas del otoño sigan sumándose sobre mí, quizá cuando llegue el invierno haya dejado de soñar que regresas y no me haces caso. Quizá para entonces lo habré comprobado en persona, y no tendré más remedio que reinventarme. Esperaré el tiro.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
2:28
domingo, 5 de septiembre de 2010
Atardecer
Cada hoja que caía del árbol, roja como el atardecer perfilado tras el horizonte del parque, era como uno de los minutos que pasaban lentamente lacerándome y dejando tras de si un rastro de virajes, giros y piruetas que dibujaban tu ausencia junto al banco en el que me sentaba. Cuando llegué al lugar de la cita, casi una hora antes de lo previsto, lo había hecho ilusionado y sonriendo nerviosamente, esperanzado por volver a vernos, pero esta vez sólos: tú, yo, el sol poniente y los cisnes del lago. Aunque había cierta multitud reunida extrañamente al otro lado de la valla, armando un poco de jaleo del que esperaba huír hacia los adentros del parque en cuanto llegaras.
Me había costado lo mío convencerte, aunque en el fondo tu sonrisa desvelaba que tenías tantas ansias como yo y sólo querías robar de mis labios unas cuantas palabras bonitas más antes de aceptar la propuesta. El tiempo había pasado y el otoño había amontonado ya unos cuantos cadáveres anaranjados a mis piés, desnudando con parsimonía al viejo árbol que me cobijaba. La pintura verde del banco estaba desconchada por los inviernos y veranos que habían alternado sus abrazos cálidos y sus embites fríos sobre su superficie y los corazones dibujados por muchas otras parejas se deshojaban resignados y en silencio, en sintonía con el resto del parque.
Las hojas siguieron amontonándose recordándome que el tiempo había superado peligrosamente la hora prevista y empecé a maquinar que no vendrías, que en realidad me había imaginado las ansias tras tus dientes níveos, que nunca me quisiste, que, es más, me odiabas. Y, así, continué exasperándome y tragándome las lágrimas de ansiedad (de rabia, de tristeza).
Al fin me levanté y me fuí, dejando escapar sin reparo el torrente de lágrimas amargas, sin imaginar que la multitud que rompía la magia de parque al otro lado de la valla lo hacía en torno a tu cadáver, atropellado justo cuando cruzabas con un ramo de flores blancas en la mano sonriendo porque me habías visto y ni te habías fijado, de la emoción, en el semáforo en rojo y en los coches que pasaban rasgando el filo de tu corazón exhaltado.
Me había costado lo mío convencerte, aunque en el fondo tu sonrisa desvelaba que tenías tantas ansias como yo y sólo querías robar de mis labios unas cuantas palabras bonitas más antes de aceptar la propuesta. El tiempo había pasado y el otoño había amontonado ya unos cuantos cadáveres anaranjados a mis piés, desnudando con parsimonía al viejo árbol que me cobijaba. La pintura verde del banco estaba desconchada por los inviernos y veranos que habían alternado sus abrazos cálidos y sus embites fríos sobre su superficie y los corazones dibujados por muchas otras parejas se deshojaban resignados y en silencio, en sintonía con el resto del parque.
Las hojas siguieron amontonándose recordándome que el tiempo había superado peligrosamente la hora prevista y empecé a maquinar que no vendrías, que en realidad me había imaginado las ansias tras tus dientes níveos, que nunca me quisiste, que, es más, me odiabas. Y, así, continué exasperándome y tragándome las lágrimas de ansiedad (de rabia, de tristeza).
Al fin me levanté y me fuí, dejando escapar sin reparo el torrente de lágrimas amargas, sin imaginar que la multitud que rompía la magia de parque al otro lado de la valla lo hacía en torno a tu cadáver, atropellado justo cuando cruzabas con un ramo de flores blancas en la mano sonriendo porque me habías visto y ni te habías fijado, de la emoción, en el semáforo en rojo y en los coches que pasaban rasgando el filo de tu corazón exhaltado.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
22:47
viernes, 3 de septiembre de 2010
Despedida
Mientras escribo esto las horas que restan a tu partida van recorriendo de forma ineludible la esfera del reloj. Son pocas, sin embargo, tiempo atrás fueron tantas que nunca pensé que pudiéramos acabarnoslas. Pero, como siempre, la vida nos enseña que no podemos escapar a ella y sus estrictas circunstancias: el tiempo vuela, y nosotros, tarde o temprano, nos cansamos de seguirle el paso.
Si tubiera que hacer un resumen de todo esto no sabría por donde empezarlo, igual que no me veo capaz de acabarlo. No hablo sólo de aquel primer beso inesperado en la playa, sino de incluso antes. De aquellas conversaciones fugaces, de aquellos encuentros casuales e inocentes. Después de la primera noche todo fue mucho más rápido y entonces sí, llegaron los momentos realmente especiales. Pero, aún estrujando mi mente mientras intento plasmarlo en palabras me veo incapaz de encontrar las acertadas. Aprendí a sonreir. Tuve un buen maestro. No puedo decir nada más. Au revoir.
Si tubiera que hacer un resumen de todo esto no sabría por donde empezarlo, igual que no me veo capaz de acabarlo. No hablo sólo de aquel primer beso inesperado en la playa, sino de incluso antes. De aquellas conversaciones fugaces, de aquellos encuentros casuales e inocentes. Después de la primera noche todo fue mucho más rápido y entonces sí, llegaron los momentos realmente especiales. Pero, aún estrujando mi mente mientras intento plasmarlo en palabras me veo incapaz de encontrar las acertadas. Aprendí a sonreir. Tuve un buen maestro. No puedo decir nada más. Au revoir.
Perdón, será mejor un Hasta luego.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
21:47
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Demolición
Sí, ha sido el periodo más largo sin escribir una mísera palabra en este blog, sin descorchar mi alma por estos rincones. Y lo siento, pero es que quizá ha sido el periodo más feliz que he vivido en mucho tiempo y si me pinchabas, no salía sangre, sin más. Pero ahora parece que vuelvo a necesitar un torniqete antes de derramar toda la vida por las arterias de mi salud mental, que va de capa caída. Volveré pronto, quizá demasiado, a desangrar mis miserias en esta pantalla, a reajustar mi mecanismo interno.
Nuevamente, lo siento, pero necesitaba olvidarme de mis fantasmas por un tiempo. Había aprendido a sonreir.
Nuevamente, lo siento, pero necesitaba olvidarme de mis fantasmas por un tiempo. Había aprendido a sonreir.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
0:39
viernes, 13 de agosto de 2010
Un punto
Hoy es uno de esos días en los que necesito que el papel me ayude a cicatrizar heridas. Lastimosamente, nisiquiera el papel parece estar de mi lado. Quizá nunca me había enfrentado a una situación así, y estoy en uno de esos momentos de la vida en los que uno cree que nada, absolutamente nada de lo que está haciendo, tiene sentido o va a navegar hasta un buen puerto. Me gustaría dejarlo todo, sobretodo la razón, hacer caso al instinto e irme un año lejos de aquí.
Quince días de viaje me han enseñado que lo que importa en esta vida son las personas. Lo material, los caprichos, los planes, el futuro, el pasado... es todo vanal. Por todas partes la gente se preocupa exclusivamente de aquello que posee, y no se da cuenta de que lo más importante no se puede poseer: su relación con los demás. No en todas partes hay dinero, ocio o negocios, pero sí hay personas, y ellos sí son verdaderamente especiales. He conocido a cientos de preciosísimos individuos, con unas vidas tan lejanas, dispares, y a la vez tan paralelas, y he vuelto a mi lugar de origen con la intención de profundizar más mi relación con los demás, de aprender de sus vidas, de cimentar mi relación con ellos, de dar más de lo que recibo, pero la relación que más importa ha tomado ya el camino inverso. No encontraré papel ni tinta que solucione eso en mucho tiempo.
El ser humano es extraordinario, y extraordinariamente no me había dado cuenta de ello. Soy un ínfimo punto en el universo.
Quince días de viaje me han enseñado que lo que importa en esta vida son las personas. Lo material, los caprichos, los planes, el futuro, el pasado... es todo vanal. Por todas partes la gente se preocupa exclusivamente de aquello que posee, y no se da cuenta de que lo más importante no se puede poseer: su relación con los demás. No en todas partes hay dinero, ocio o negocios, pero sí hay personas, y ellos sí son verdaderamente especiales. He conocido a cientos de preciosísimos individuos, con unas vidas tan lejanas, dispares, y a la vez tan paralelas, y he vuelto a mi lugar de origen con la intención de profundizar más mi relación con los demás, de aprender de sus vidas, de cimentar mi relación con ellos, de dar más de lo que recibo, pero la relación que más importa ha tomado ya el camino inverso. No encontraré papel ni tinta que solucione eso en mucho tiempo.
El ser humano es extraordinario, y extraordinariamente no me había dado cuenta de ello. Soy un ínfimo punto en el universo.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
0:10
Suscribirse a:
Entradas (Atom)