Una semana después de mudarme a la capital británica, he de decir que: en el metro hace viento y hay constantes avisos de bomba, las palomas son horribles pero lo suplen las ardillas, los supermercados bajan los precios conforme avanza el día y, por supuesto, se conduce en sentido opuesto. Pero fuera de los tópicos: me gusta Londres. Me gusta que la gente no te mire descaradamente te vistas como te vistas. Me gusta que la ciudad tenga tanta vida nocturna como diurna. Me gusta escuchar una veintena de idiomas diferentes al día en el metro. Me gusta que si te has perdido, cualquier desconocido está dispuesto a llevarte a casa o a sacar su
android para buscar en
Google Maps tu dirección y ayudarte a llegar. Me gusta que los museos sean gratis. Me gusta que la gente diga
sorry y
excuse me, sea respetuosa y amable. Me gustan los mil parques y zonas verdes, y tumbarme en el césped a las puestas de Sol. Me gustan los
muffins por la mañana y los cafés
king size. Me gusta enamorarme en cada esquina de la gente tan atractiva que anda por estas calles,
smoothie en mano. Me gusta la música que se escucha en el Soho, y las luces en Piccadilly y el Tower Bridge al anochecer. Me gustan las campanadas del Big Ben discutiendo con las de Saint Paul. Me gusta Camden, porque sí. Me gusta Londres, porque también. Me gusta.