TWITTER | BLOG

Id como una plaga contra el aburrimiento del mundo



domingo, 18 de enero de 2015

Amarg, -a.



[c. 1270; del ll. amārus, -a, -um, íd., en la forma antiga amar, modificada per influx del verb amargar, del ll. vg. amaricare, íd., derivat de amarus]

adj 1 1 D'un sabor característicament desagradable, com el fel, el sèver, etc.


Conocí Valencia como a una puta trasnochada. Adicta a estímulos baratos, siempre hablando de tiempos mejores y claramente sobrevalorada. Todos fuimos defraudados, pagamos un alto precio por un humo que no valía ni el tiempo que la ciudad gastó en vendernos. Para ser justos, habría que reconocer que no toda la culpa fue de ella, la soberbia es muchas veces la única medicina para aquél a quien la vida no ha hecho justicia, y Valencia ya había recibido más palos de los justos por aquél entonces. Para su amarga pretensión, en cambio, nunca habrá medicina. Será algo del carácter valenciano, un error evolutivo que llevó al nacimiento en algún momento el gen del menfotisme. Todo nos daba igual, especialmente nosotros nos dábamos igual.

Como los naranjos de sus calles, Valencia es sumamente fértil y, a la vez, sólo da frutos amargos. El pie del destino pisa más fuerte a orillas del mediterráneo y está siempre dispuesto a hacerlo sobre cualquier cabeza. Qué se puede esperar de una ciudad que vive de espaldas a su mar, de espaldas a su huerta y de espaldas a su lengua. Ni pescar, ni recolectar ni ser libre. Y, por no pecar de pretencioso, aunque todo se contagia, he de reconocer que es fácil hablar a tren pasado y que cuando conocí a Valencia como una puta trasnochada me engañó como al más bobo. Ahora conozco sus miserias, pero aquél primer año todo era compartir droga barata y sueños tan grandes, profundos, amplios y definitivamente inútiles como sus grandes avenidas, palacios de congresos y puentes insostenibles. Hasta que se le cayó la brillante fachada.

Supongo que el cristal de la amargura me ciega parcialmente en estos momentos, pero el cerebro es imperfecto y tiende a borrar lo malo, para hilar sólo los momentos de felicidad y bordarlos de tal manera que el tapiz final luce alegre y coherente. En algunos años, quizá al otro lado de la península, o del continente, o al otro lado de su ignorado mediterráneo, quizá incluso más lejos, recordaré Valencia como una arcadia estudiantil donde viví, se lo reconozco, algunos de mis mejores años. Pero no me importaría poder recuperar estos párrafos y ver que, como su enorme luna, todo tiene una cara oculta. Y que allá donde viva, sin arcadia, sin paraíso juvenil, habrá también una cara iluminada.

La capital del Turia, como cualquier otro, tiene derecho a segundas oportunidades, por mucho que me pese la idea de que la mezquindad es más estructural que circunstancial, y que algo en su planificación urbana, o en sus –escasas- zonas verdes, o en su sistema de alcantarillado y cañerías llegando a cada casa, ha alimentado y esparcido la bacteria de lo picaresco y cretino; seguramente sean todo conjeturas y en la espina dorsal de la ciudad haya algún dulce futuro. Espina dorsal dispar y creciente, multicultural y diversa, formada por médulas que en barrios y pedanías luchan contra la mano de acero que rige estas calles, pequeños héroes anónimos dejándose los codos por una amarga ciudad que poca o ninguna vez les dará las gracias. La irracional esperanza del ser humano contra el hormigón y el asfalto.

No hay mejor caricatura de este despropósito urbano y sociológico que la prostitución de su tradición más profunda: como la paella que engaña y sangra al turista en primera línea de playa, la ciudad tenía que tenerlo todo; mejillones, gambas, pollo, limón, pimiento y hasta cebolla y guisantes. Ofrecer lo auténtico, lo original, lo que la diferenciaba de la Barcelona de neón y del Madrid que le da la espalda estaba demás. Tenía que ser la ciudad total. La cuixa del Carme, la bajoqueta del Cabanyal y el garrofó de la Albufera se quedaban cortos. Había que maravillar al mundo plantando un centollo de trencadís blanco en medio del arroz si hacía falta.

En resumen, y cerrando esta carta de despedida de una ciudad que ha pasado de amiga a enemiga, pero a la que le deseo todo lo mejor: no engañes a nadie más, Valencia. No te conviertas en una falla sobre ti misma, una sátira vacía y ridícula de tan pretendidamente bella, un perfume barato eclipsando tu espíritu de azahar, un corazón de cartón piedra al que llegan las vías de poliestireno que te han secado las raíces y un puerto expandido por donde la modernidad te ha traído de todo menos vida.

Yo me retiro a observar desde la barrera. Quiero explorar nuevos sabores. A ti, amarga Valencia, te quedan cinco meses. Dos décadas para recapacitar deberían dar vergüenza, pero nunca es tarde. Amargo no tiene por qué ser malo, lo amargo tiene carácter, el carácter suficiente para resucitar a un muerto.

jueves, 26 de junio de 2014

La caja

He cogido todo lo que tengo y lo he metido con mucha presión para que cupiera, sin derramarse, en una caja. He cogido la caja y la he llevado, con cuidado, para que no se rompiera, hasta una oficina postal. He cogido unos billetes, de esos que de los que se puede tener muchos sin tener absolutamente nada, y he pagado, para que enviaran la caja de vuelta a casa. Y ahora está de camino a muchos kilómetros de aquí y quizá no vuelva a verla. Hay que ver cómo pesaba, la caja, y eso que no había manera de dejarse en ella tus promesas rotas. Hay que ver qué grande era, la caja, y aún así no hubo modo de encajar dentro tus mentiras.

Se va alejando, la caja. Lleva ropa de invierno, lleva material escolar, lleva souvenirs y sábanas y zapatos y cosas que ya no necesito, y aún llevando tanto no he conseguido sentirme más ligero. Será porque no había modo de meter en la caja los malos momentos ni la piedra en que tropecé tantos días seguidos. Voluntariamente. Será que era una piedra metafórica, y aún no he aprendido que cuando no puedes comprobar la veracidad de algo tampoco puedes meterlo en una caja. Puedes enamorarte de ello, puedes adorarlo, puede costarte olvidarlo y puede ser igual de pesado. Pero no puedes enviarlo lejos.

Por eso no fui capaz de meter, en la caja, tu nombre. Nuestros planes juntos. Las conversaciones de madrugada. Ni las ganas de descubrir nuevos lugares de tu mano. Por eso me siguen pesando los brazos, como si no hubiera metido bajo presión todo lo que tengo, como si no lo hubiera cargado con cuidado hasta una oficina, como si una vez allí no me hubiera sonreído el atractivo y simpático joven tras el mostrador, recordándome que no necesito una caja, que necesito conocer a alguien nuevo.

jueves, 15 de mayo de 2014

Escala de grises

Victoria, que tan acostumbrada estaba a que todas las masculinas se giraran a su paso, no acabó de encajar bien que el inspector Rojo ni siquiera se dignara a mirarla, como si el exagerado ruido de sus tacones reventando el silencio de la comisaría no fuera suficiente para llamar su atención. Rojo acababa de llegar a la ciudad en sustitución del anterior inspector, que ahora se había metido en política, y la chica de las camelias era su primer caso. Se podía decir que no era el clásico miembro de las fuerzas del Estado, licenciado en Derecho, forzado por una larga tradición familiar, Rojo había tardado demasiados años en acabar la carrera al preferir pasar más tiempo husmeando en la biblioteca los tratados de otras carreras que hubiera preferido estudiar: la poesía de Machado, el nihilismo de Nietzsche, la contrarrevolución artística de Benjamin o el estructuralismo de Habermas. Para mayor INRI de su padre, mostró también más interés por sus compañeros que por sus compañeras, y aquello fue lo que desencadenó su ingreso en la Policía: era una profesión de la que cualquier padre presumiría y con la que podría soñar que las preferencias de su hijo eran algo pasajero. Nada más lejos, Rojo acabó casándose felizmente con un catedrático anclado en el Renacimiento italiano con el que podía pasar el resto de su vida discutiendo sobre museos mientras maridaban la cena con vino sino fuera porque le habían detectado un cáncer terminal. El traslado a la ciudad de las camelias pretendía ser una búsqueda de tranquilidad para el matrimonio que, desde luego, el asesinato de una joven burguesa cinco años atrás no perturbaba en absoluto, por mucho que Victoria le insistiera en relacionarlo con el de la joven de las camelias. Rojo despachó elegantemente a la empresaria, que se alejó haciendo un agresivo tic tac al taconear que le recordó al inspector que era hora de llamar a casa y preguntar a su marido cómo había salido la revisión. Fuera de la comisaria, un camelio perdía su última flor bajo la lluvia, cayendo a un charco en el que se reflejaba el tráfico, ajeno a las tragedias humanas que, en sus diferentes escalas de tristeza, se entretejían en el anonimato de hormigón.

domingo, 20 de abril de 2014

La tormenta

Con mayo a flor de piel, las efímeras semanas de calor se desvanecieron tan extraña e inesperadamente como llegaron, dando paso al viento y las lluvias que nunca debieron abandonar la ciudad. De los tejados caían ríos grises que inundaban las calles, empujaban la basura por ellas y arrastraban todo el polvo y los días de falso verano recién vividos hacia las alcantarillas. La chica de las camelias había desaparecido ya de las portadas y las pantallas, dando paso a discursos de políticos que nadie había votado y a programas sobre la anodina vida de personajes que a nadie debían interesar. Pero Victoria seguía pensando en la joven asesinada. No conseguía quitarse su recuerdo de entre las cejas, a pesar de que no compartía nada con ella. Victoria, adulta, alta, morena, empresaria de éxito, un torbellino de ambición sobre diez centímetros de tacón nada tenía que ver con la inocencia de Clara, a penas una promesa de la mujer que sería. No compartían barrio, ni conocidos, ni compraban en el mismo supermercado, ni iban a la misma consulta médica, ni habían estudiado en el mismo colegio ni mucho menos en la facultad a donde Clara no hubiera podido acceder ni aun estando viva. Entre ellas había un muro mucho más importante que una pared de ladrillo o una verja. Entre ellas había un abismo insalvable y peligrosamente invisible, de esos que construye el dinero. Y aún así, Victoria seguía dándole vueltas al cadáver de Clara bajo las camelias en una viciosa espiral que amenazaba con taladrarle las sienes. Siempre, más allá de toda diferencia, hay un hilo que avanza por caminos imprevisibles superando todo obstáculo y, por increíble que parezca, ni siquiera el dinero puede parar. El hilo de la muerte, que hacía años se llevara a la hija de Victoria dejándola tendida bajo un camelio en un jardín mucho más cuidado y ostentoso que aquél en que expirara por última vez Clara, pero no por ello más bello. El hilo tejido por un asesino a quién no le importaba la clase, un hilo que cortaba involuntariamente los tratados de Marx y le rebanaba la cabeza a Keynes, demostrándole a aquella ciudad imperfectamente viva que tras los días de sol, llovía igual para todos. Todos eran la misma basura, rica o pobre, arrastrada a las alcantarillas para la imperturbable tormenta.

miércoles, 9 de abril de 2014

Las camelias

Era la primera tarde de primavera. Sobre el césped se acumulaban los pétalos de un camelio, formando un perfecto círculo rosa que, poco a poco, iba empapándose de la sangre de Clara. Un charco carmesí que brotaba de su pequeña cabeza de muchacha que nunca llegó a ser mujer, contrastando con su largo cabello color paja que, como los rayos del sol, se escapaba en mechones concéntricos desde su inerte rostro. Hasta su corto vestido rosa palo, combinado con la palidez de su piel, tendida boca arriba, parecía haber sido elegido para la ocasión. Como si supiera que iban a matarla y hubiera querido ir lo más adecuada y elegante posible a una cita de tal relevancia. Estaba tan hermosa y tan muerta, que casi daba ganas de llorar tanta perfección junta. La insulsa monotonía de los edificios de su entorno era casi insultante. La ciudad no se merecía una obra de arte así, no sabría apreciarla. Aquella joven tan perfectamente muerta era un grito de color y belleza desgarrando el vacío de una sociedad sumergida en una paleta de grises. De haberse sabido quién acabó con la vida de la muchacha, deberían haberse formado colas de vecinos en su puerta ansiosos por un autógrafo. Desgraciadamente, nunca se supo quién hizo aquél regalo a la ciudad, esa primera obra maestra de la primavera que consistió en evitarle a Clara soportar cada día la intrascendencia de sus coetáneos, ordas de borregos que, en lugar de apreciar la dulzura efímera de ese momento, lo marchitaron buscando culpables y alterándose como si sus opiniones y actos realmente le importaran alguien. Al fin y al cabo, el asesino sólo pretendía demostrarles que, en aquella ciudad sucia y aburrida, la vida estaba sobrevalorada.

lunes, 24 de febrero de 2014

Flumen oblivions

Agora que temos todo tapiado
xa non sentimos o temporal.
Agora, cos ollos pechados
é moito máis fácil medrar.

Agora, ignorándonos, na escuridade.
Cos beizos tortos, encadeadas as maos...
Bendita ignorancia que é felicidade.

viernes, 21 de febrero de 2014

Premorriña

Aún me quedan meses en este curruncho del planeta y ya siento que voy a echarlo de menos el resto de mi vida. Uno se encuentra una noche bajo su lluvia eterna escuchando a Ferreiro mientras ve cómo en su lista de amigos aparece un puñado de personas que no estaban ahí hace unos meses, de cuya existencia no sabía nada, pero sin los que no es capaz de imaginarse ya un día a día. Y me doy cuenta que llegará el momento en que desde mi casa no pueda ver playas vacías, y que cuando las vea llenas de lluvia no será lo mismo, y que, desde luego, va a faltarme todo el valor del mundo para marcharme.

Galiza, ficechesme escravo de tanto quererte ceibe.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

A lingua da choiva

As palabras en galego son lixeiras,
escapanse e, por veces,
desaparecen
sen deixar rastro.

As palabras en galego tes que amarralas coma bateas,
e esculpilas, en granito, para que pesen.
E empiladas, unha sobre a outra,
facer catedrais,
para facer historia.

As palabras en galego están sempre en loita,
e hai batallas que se ganan soamente con mais palabras.
Usándoas.
Esculpindoas.
Amarrándoas, para darlles ás.

As palabras en galego son miñas,
porque cando o uso
Esculpenme,
amarranme
e fanme ser,
tamén,
unha catedral con ás
no pe de batalla.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Ensayo sobre empezar de cero.

19 años atrás. Noche. Terraza, sobre silla de plástico.

Mi cuerpo infantil inclina sus piés sobre el poliuretano blanco, lo que me permite pasar la barbilla ligeramente por encima de la baranda y ver, unos centenares de metros adelante, como el gran incendio acaricia las primeras casas de mi pueblo. Era el verano de 1994, y diecisietemil hectáreas de Henarejos, donde nací, quedarían reducidas a cenizas. Es, con casi total seguridad, el primer recuerdo que guardo: yo llorando, pensando que el fuego se llevaría todo lo que había conocido en tan corta vida, más hoy, dos décadas después, sigo asomándome a la misma terraza, con la baranda a la altura de mi cintura sin necesidad de inclinar nada, y el pueblo no se ha movido ni un centímetro de donde estaba aquél verano, si la regla de la translación me permite esta licencia.

Si miro abajo, hacia mi calle, veo aquél antiguo solar por el que cruzaba a la Plaza, convertido ahora en un garaje que obliga a dar un rodeo. La casa de enfrente, otro antiguo solar donde nunca más perderé mi pelota. La de al lado ha sido reformada, cubriendo con hormigón sus cicatrices de piedra. La primera a la derecha, sigue idéntica, excepto por las cortinas que cambian según la moda de cada año. La siguiente era la de mi visabuela, que hace tiempo se mudó a otro lugar donde ya no importan incencios, ni rodeos, ni pelotas perdidas. Volviendo a mi acera, mi vecina riega sus plantas, antes casada, ahora viuda. Y cerrando el círculo, mi casa, del mismo blanco inmaculado, aunque yo ya no pueda verla de esa manera.

Y ¿qué ha pasado en 19 años? Libros, clases y juegos en la pequeña escuela ahora convertida en residencia de ancianos. Accidentes que no acabaron incendiando nada, pero que me llevaron a vivir a otros lugares. Diferentes ciudades, y paises, a mis espaldas, que me alejaron de esta terraza, aunque siempre me mantuvo unido a ella el mismo sentimiento de miedo a lo desconocido que sentí aquella noche sobre la baranda. En diecinueve años el país pasaba de organizar Olimpiadas y prometer dos hogares a cada padre de familia, a no poder ni pagarme los estudios. Estudios tan largos que puedo garantizar que han pasado millares de personas a lo largo de los años sin que llegue a acabarlos, algunos pisando más fuerte, otros más flojo, la mayoría alzando el vuelo pronto, muy pocos se quedarán eternamente. Pero los que lo han hecho ha sido a conciencia, extendiendo raíces tan adentro que están a salvo de incendios.

Diecinueve años llenos de alegrías y también de malos recuerdos, que las grandes personas que he encontrado me ayudan a ver desde otra perspectiva, de reojo, con la media sonrisa que te da la edad cuando la razón va ganándole camino al ímpetu. Y aun así, con los años, libros, idiomas, coitos, lágrimas, besos, notas, abrazos, discusiones, fiestas, cafés, exámenes, caídas, películas, olvidos, rupturas, cigarros, reencuentros, aviones, sueños, decepciones, secretos y sonrisas que han pasado, siento que aún necesito ponerme sobre una silla, inclinar mis piés, y mirar con miedo y emoción todo el mundo y la vida que me quedan por delante.

sábado, 24 de noviembre de 2012

El caparazón

Se me educó en un mundo en el que, ante todo, lo más importante era decirle a cada persona exactamente lo que desea oír. No era una cuestión racional, ni mucho menos sana, sino simplemente un modo barato y desquiciante de mantener todos los hilos en tensión, de dejar que cada uno fuera tirando de su extremo de la telaraña sin que el insecto acabara devorado. Conforme crecí, fui amoldándome a cada uno de los potenciales depredadores limando sus dientes con palabras que regalaban sus oídos y convirtiéndolos así en cómplices, estableciendo la paz social ante el caos latente. Sin embargo uno no puede actuar toda la vida y llega un momento en que el caparazón se rompe, no porque ninguna de las criaturas al acecho lo haya quebrado, pues la artimaña de complacer arbitrariamente es la más eficaz de las terrenales, sino porque cargar con tanta complacencia acaba pesando demasiado para la coraza misma, y esta estalla. Y es que no estamos diseñados para crecer en un mundo en el que debamos de cambiar de cobertura ante cada observador, no podemos ser aquella persona que esperamos que cada uno sea, no podemos convertir cada momento en especial y cada palabra en mágica, pues al final acaba por parecernos todo tan monótono y aportándonos tan poco que la solución más cómoda es dejar de interpretar y entrar en un estado de mutismo y aflicción. Rompemos la telaraña de tanto hilarla. Se quiebra la máscara de tanto gritar tras ella. Cuando decimos que somos nosotros mismos y nuestras circunstancias, a menudo interpretamos que debemos ser nosotros mismos y las circunstancias de los que nos rodean, y acabamos convirtiéndonos en depredadores también, fagocitándonos a nosotros mismos.

Cuando críe a mis hijos no los educaré como al camaleón, ni dejaré que algún día se conviertan en la araña. Los educaré en un mundo en el que es más importante ser un lento caracol con una única concha, que un espabilado cangrejo ermitaño en continua mudanza.

lunes, 21 de mayo de 2012

Smile.

So I was riding this black bike back home, in the middle of the shiny Finnish night, where the Sun never sets down completely, and breathing with a stupid slight smile in the face. And then I needed to stop and stare to myself (that's an oxymoron, obviously, cause there was no mirror anywhere), in the top of a hill, and after remaining without reaction for a while, I just set foot on the pedal again and dropped down the slope laughing, while listening to my own voice inside my not-as-healthy-as-expected (but that's fine) mind:

Look at you. When it all started, you thought you have reached the top of your possibilities, and you were so stupidly glad about it. Now, months later, with it all broken and bleeding inside your body, with all this pains ballasting your dreams, you're happier than then and you haven't even noticed it before. So much promises, so much future plans, so much scheduled life. And one day it just blew up unexpectedly, non-sense, without any reason, just whimsically. And what were you able to do during weeks? Just crying. Just realizing that, even you thought you were so clever, with your two well-graded degrees, with your four native spoken languages with just 20 years old, with all your premature independence... You thought you already knew everything about life, but life surprised you across the corner. Now you know you will never be clever enough to understand life, to understand the others, not even to understand yourself. And that's fine. That's so fucking fine. Cause now you don't know about your possibilities, you don't know either about your limits. And even it is not real that you are unlimited, as much as you dream with being so, you can be. And your dreams broke, your future left, your plans crashed, but life goes on. And you are glad you're alive. And you're able to smile upon this fucking black bike riding brakeless the hill down to your home. Happy.

So I arrive home, lock the bike, go up to my room, put the pyjama on and go to bed smiling. Happy of having learned I won't ever learn about life.

domingo, 20 de mayo de 2012

Se acerca un final más

¿Qué decir? Han pasado horas, días, semanas y meses. A veces siento que salgo de este año siendo una persona nueva, que ha aprendido muchas cosas, la mayoría inesperadas, y que estoy mucho mejor preparado para lo que viene. La mayoría de veces, en cambio, siento que salgo de este año hecho una mierda. Era mucho más feliz antes, dónde va a parar. Se suele relacionar felicidad con ignorancia. Y hay tantas cosas que hubiera preferido ignorar...

Sea como sea, estoy a una semana de ponerlo todo en una maleta, dejar fuera los disgustos y volar de vuelta a la rutina, de vuelta a lo esperado, de vuelta a "casa". Y aunque debería de estar alegre por poder zanjar tantas cosas con tanto bagaje nuevo, me invade la tristeza. Demasiadas despedidas. Demasiados recuerdos. Zanjo, también, el canal que abrí en mi pecho y por el que ha corrido tanta sangre. Y echar tierra dentro, aunque parezca mentira, también está doliendo.

No importa la distancia, no importa el tiempo: sigo arrastrando mis errores, sigo siendo consciente de ellos y, peor aún, sigo amándolos.

lunes, 14 de mayo de 2012

Cerremos el círculo

A ti te encantaba Lynch y yo nunca supe por qué. A mí me encantabas tú y por eso nunca conseguimos acabar ninguna de sus películas. Deshicimos muchas más camas con la pasión de los veinte de las que habíamos hecho en los diecinueve anteriores sumados. Hasta que yo olía a ti y tú olías a cielo. Sobre tu pedestal, tan alto. Tan increíble que nunca acabé de vivirlo como cierto. Tan perfecto que se me acumularon todos los defectos en el hueso de la risa y desde entonces no me funciona.

Una vez conseguí que viéramos una de Kaurismaki y también dio igual porque a los diez minutos pasé de los subtítulos a tu entrepierna. Pero fue mi pequeña victoria. Ahora sólo queda el recuerdo, tu olor en mi almohada algunas mañanas, la cama deshecha y media sonrisa autosuficiente. A la otra media siempre le faltarán tus películas de Lynch para recuperar la suficiencia.

lunes, 7 de mayo de 2012

El absurdo de la existencia

El tiempo pasa demasiado deprisa y nos juega malas pasadas. Hoy mismo pienso lo que escribo y mañana lo desmiento, lo contradigo, lo despienso. "Yo soy yo y mis circunstancias" es una idea que me obsesiona últimamente. Las circunstancias están en continuo cambio y entonces yo también cambio y todo pierde el sentido. Nada es estable y lo único que cobra lógica es el absurdo. ¿Acaso no busco yo la estabilidad escribiendo este texto? Aunque mañana niegue lo que escribo hoy y entonces la estabilidad se convierta también en absurdo, en mentira. Se convertirá simplemente en un cúmulo de significados que quiso expresar un Chrístopher que ya no existe, como no existe el que empezó a escribir este texto ni existirá el que ponga el punto tras esta frase. El mundo en continuo cambio le quita el sentido a todo y con los últimos inventos ese cambio se ha vuelto aún más rápido, frenético, imparable. Inconcebible la mayoría de veces. Va a más velocidad que nosotros y cada vez tenemos menos tiempo para reaccionar, para evitar escaparnos de nosotros mismos.


El tiempo nos mata. El tiempo y los cambios que conlleva le han quitado el sentido a todo.

sábado, 5 de mayo de 2012

Somos una generación de mierda

Al grito de reinventarse o morir nos han ido empujando hasta el abismo en el que nos hallamos. Los más formados de la historia, me atrevería a decir que hasta los más inteligentes. Hoy en día hasta un niño sería capaz de llegar a la conclusión platónica del mundo de las ideas perfectas. De hecho, grandes masas de población la practican sin saberlo: véase el tipo de gente que cree tener verdades absolutas. Atiborrados de filosofía barata e ídolos prefabricados, nos matamos constantemente por brillar, por ser originales, y por llegar más lejos que nadie. No se trata de ser bueno, se trata de ser el mejor. Y realmente, ¿qué más da? Al fin y al cabo todos vamos a morir y tras ello no vamos a ser nada, mas que los libros que leímos, las películas que vimos y la música que escuchamos. Tenemos mucha cultura a nuestras espaldas. Somos cultura en potencia. Aunque se nos vea como simples consumidores de drogas de diseño.

Sin embargo, somos los mayores productores de la historia. Nuestras bibliotecas, filmotecas y cualquier otro almacén mitificado por los años serán los más grandes del transcurrir humano. Hasta la frase más terca que digamos intentando ser el centro de atención en un chat de madrugada puede ser registrada y convertida en cita célebre. Ser actores porno por un día o una estrella de por meses gracias a que nos hemos cruzado con la cámara de turno. Podemos ser gratuitamente soeces y obscenos, es nuestra propia revolución sexual, artística y, sobre todo, mediocre. Lo concebido se cae y nos dejan un mundo que podemos construir a nuestro gusto, por norma general: mal gusto.

Yo, hasta ahora, había escrito muchas cosas en este blog abandonado desde hace tiempo. Básicamente sentimientos y ese rollo kitsch que nos domina desde la adolescencia hasta que la vida nos da un par de hostias y descubrimos que todo el mundo caga, hasta este esperpento. Que todos somos pretensión y carne podrida, mortales: pero morir es el nuevo negro. Empezamos a fallecer desde el momento en que nacemos, así que hemos de correr y ser originales antes de que el resto nos copie, o de que la muerte nos adelante.

No sé qué pretendo escribir ahora en este blog, no lo voy a planear, me limitaré a reflejar las angustias propias de un niñato criado en el estado del bienestar, alienado de los problemas sociales, de lo que de verdad transciende, preocupado por meter la polla el próximo sábado en la discoteca hipster de turno. Un retrato del sistema que pretenden que perpetuemos, las personas que pretenden que seamos. Al fin y al cabo, si la sociedad no se ha preocupado por nosotros, porqué nos íbamos a preocupar nosotros por ella: somos una generación de mierda, pero de mierda de calidad.


 
Mientras escribía, sonaba esto.

domingo, 18 de marzo de 2012

Nuevo blog

No escribiré, ni de lejos, el tipo de cosas que escribo aquí, pero si quereis pasaros, haceros seguidores o lo que querais, sois más que recibidos. Herr Talot, mi primer proyecto como periodista.

A partir de ahora caeré más por ahí que por aquí (hay que empezar a abrirse hueco en la vida de las personas mayores).

jueves, 1 de marzo de 2012

Sobre el saco y el muro

Supongo que lo merezco. Seamos sinceros, no soy buena persona, nunca lo he sido. Supongo que en algún momento de nuestra vida nos crece un saco a las espaldas donde vamos echando todo lo que hacemos, sus causas y sus consecuencias, y lo arrastramos por muy pesado que sea y por mucho que a veces perdamos varios huesos en el camino. En algún momento de ese pedregoso camino la rafia del culo de mi saco debió acabar de desgastarse, harta de mi modo burdo de tirar, de mis actos indolentes y mi caminar sin rumbo. Ahora por el agujero se han escapado todos los actos buenos, y era sencillo, pues eran pocos. Los malos son demasiado grandes para colarse por el agujero y por él se han dedicado a entrar hormigas, pesadillas y las consecuencias de todo aquello que nunca hice correctamente, de todo lo que no he sabido dar y de todo lo que nunca he comprendido. Con el paso del tiempo todo se irá rompiendo y pudriendo dentro del saco y ni siquiera me parecerá mal, al fin y al cabo en esta vida siempre hay que ser consecuente, hasta para ser malo, y mi saco se merece estar tan negro como yo lo estoy por dentro. No os preocupéis, que yo lo abro y podéis seguir echando todo lo que os duela, os disguste o, simplemente, prefiráis que cargue otro. Total, sin alma esta vida no pesa, ni el saco, ni el invierno interior, ni el corazón roto.

Que toda piedra hace muro, dicen. Pues bien, necesitaré buenos cimientos.

jueves, 9 de febrero de 2012

Sobre ti

Nunca, en al historia de las miserias de este blog, una entrada me ha sangrado tanto como esta. E insisto: nunca.

Podría escribir mucho sobre ti pero, sinceramente, ya no sé qué sería cierto y qué no. Hoy en día no conozco a la persona que creía conocer, ese alguien que me dio lo que nunca nadie antes me había dado, que me abrió puertas que creía vetadas y que me regaló y provocó las sonrisas más sinceras y amplias que jamás he visto o esbozado. Siento que me tiembla la mano al pulsar las teclas y ya llevo bastantes horas sintiendo como el corazón se rompe en mi interior. Y lo que es peor, presintiendo que los pedazos afilados irán abriéndose camino en mi interior entre sangre y dolores, hasta hacerme el alma girones. Ese mismo alma que se había aferrado al endeble hilo con el que cosiste en nuestros últimos días todas mis, ahora sé que falsas, esperanzas. Y es que debiste saber que nadie da más que el que da fe y tú me hiciste invertir toda la mía en ti. Ahora todos me dicen que sonría, que siga adelante, que empieza un nuevo ciclo y que, al fin y al cabo, con esa cobardía has demostrado que no me merecías. Y todo me da igual, porque yo quiero merecerte, quiero seguir colgado de ese hilo frágil que al menos mantenía mis pies lejos de esta tierra que ahora parece baldía y seca y donde todo me recuerda a ti y a los momentos que pasamos juntos, felices, soñando. Has jugado al tiro al plato con mis sueños y supongo que en algún momento me pasará factura. Ahora miro al futuro y sólo veo ilusiones rotas, miro al pasado y sólo te veo a ti, miro al presento y veo...

El irresistible placer de dejarse morir.

lunes, 9 de enero de 2012

Sobre

...el espacio, el vacío, la levedad, el blanco (o negro, no sé). Sobre _ .

Es curioso como se puede dar la situación de que con tan sólo 20 años hayas pasado ya la cumbre de tu existencia. Los psicólogos clasifican dicha cumbre como un momento en que el ser humano se da cuenta de hasta qué punto es intranscendental su existencia, dada entre los 27 y los 33 años más comúnmente, y es tras la cual se asientan las ideas y la personalidad del individuo, así como sus objetivos vitales. Es conocida como crisis de los 30 (para algunos de los 40), y también coincide con la edad donde más común es el suicidio. Me pregunto si se puede vivir la crisis de los 30 a los 20. Yo al menos no me puedo sentir ya más instranscendente, impotente y a la deriva.

Con todo lo que tienes, con lo lejos que has llegado tan joven, con la gente que te quiere... Y otras mil frases como estas se repiten cada vez que intento explicarle a alguien el origen de mi apatía con el mundo, de mis ganas de morir, de desprenderme de la pesada carga que supone tener que irse a dormir cada noche y darle mil ciento y una vueltas a la cama antes de atrapar el sueño pensando en todos los sueños que nunca atraparás. De qué sirve tener tantos estudios, viajar tanto, saber tantas lenguas, leer tantos libros, ver tantas películas y aprobar tantos exámenes si al final lo que te hace feliz en la vida te pasará un examen que no se puede aprobar ni con estudios, ni con viajes, ni con lenguas, ni con libros, ni con películas y se basa exclusivamente en lo rápido que es capaz de latir tu corazón para que la sangre no se te congele de tanto vértigo al ver su sonrisa aparecer tras la esquina. Y se puede escapar, así, sin más, porque con lo lejos que has llegado tan joven te has quedado demasiado cerca del cielo, has rozado el Sol con la yema de los dedos y ahora tus alas de cera se deshacen en el vacío.

Y así, te encuentras con veinte años dándole vueltas a un café que lleva veinte minutos frío, en medio de una cafetería en la que te has sentado de cara a la pared para no tener que ver al resto de personas sonriendo, pensando en cual será la forma menos dolorosa de morir, porque llevas tanto tiempo sin sonreír que en realidad la muerte intelectual ya se ha dado y no te asusta la nada, tan sólo el dolor que los últimos minutos puedan suponer para tu cuerpo inútil. Intranscendente. Sin objetivos vitales.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Dios

Lo que más asusta de la certeza de que no existe ningún Dios allá arriba no es ni que no vayamos a tener nada tras la muerte, pues una vez muertos no nos podríamos preocupar por ello, ni que no podamos hacer responsable a nadie de nuestras desgracias y tropiezos, pues el ser humano tiene una extraordinaria capacidad para encontrar siempre a quién culpar.

Lo que más asusta de la certeza de que no existe ningún Dios es que, en los momentos en que estamos solos, sabemos que esa soledad es sumamente cierta. Que no hay nadie mirándonos las veinticuatro horas, que nadie nos sigue, que nadie sabe de todo lo que hacemos y, peor aún, que a nadie le interesa. La peor certeza de que Dios no existe es que, en su lugar, existe la soledad absoluta. El no importarle a nadie. El saber que, llegado el momento, podría darse que nadie supiera, ni se interesara, por tu existencia.