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Id como una plaga contra el aburrimiento del mundo



jueves, 10 de junio de 2010

Un respiro

Aprovechando un breve lapsus en mi [hiper]apretada agenda, he decidido darle aire a esto. Llega el verano, huelo el salitre desde el balcón y escucho hasta el roce de las plumas de las gaviotas contra la brisa marina (y eso que vivo a kilómetro y medio de la playa), pero será fruto de horas de encierro y estudio masivo.

Mucha gente me ha comentado que escribo triste, que mis historias llevan irreversiblemente hacia un único fin: dolor, tristeza, melancolía y/e/o/u muerte. Quizá sea cierto, quizá halla reflejado exclusivamente las sombras de mi mente en las letras que sangro, pero me he prometido que, harto de tanta oscuridad en torno a apuntes y libros eternos, intentaré sacar las [escasas] luces que encuentre rondando mi masa encefálica, y exterminaré las dioptrías del pesimismo, en la medida de lo posible. Por lo menos, en verano (sí, hago trampa, porque viajaré mucho [por fín] y escribiré poco).

Aún así, no prometo nada, es triste, pero el dolor inspira más.

Gracias por seguir siguiéndome,
prometo que a la vuelta os leeré a todos!
:)

Miserias: el final.

Esta vez las instrucciones eran sencillas: Plaza de la Traición, a las doce de la noche. Era un rincón del centro histórico, iluminado por una sola farola que teñía de azul los adoquines negros y siempre húmedos de una plaza en decadencia, sin árboles, sin comercios, sin vida. Sólo una farola, mil adoquines, y la encrucijada entre cuatro calles con más historia que gloria.

Llegué con dos minutos de antelación, y fueron los dos minutos más largos de mi vida. Pensaba que los gatos se iban a asfixiar en tan largos maullidos, que la oscuridad se engarrotaría de abrazarse a las paredes tanto tiempo, que la Luna iba a descolgarse de su morada. La farola parpadeaba soñolienta y entonces hoy los pasos. Unos zapatos de tacón rojos aparecieron en la esquina con su caracterítico toc-toc-toc, banda sonora de un final abierto. Las largas piernas de mi víctima se veían níveas y contrastaban con la sombría elasticidad del tiempo, sus manos, su cuello, sus labios rojos... Núria.

No comprendí qué hacía ella allí hasta que en su rostro vi una mirada de decisión que no podía llevarla allí por casualidad. Nos miramos, nos medimos. En su mano tenía una navaja. Empezó a llorar. Caminó hasta mí y me miró con un odio que no era capaz de desentrañar.

-¿Qué haces aquí?

-¿Sabes?- Dijo entre lágrimas a unos centímetros de mí.-Nunca olvidé la muerte de mi novio. La venganza fue un dibujo que siempre estuvo trazándose en mi mente. Decidí que, si no podía con las sombras de mi pasado, me uniría a ellas. Sabía que había muerto por encargo, acudí a los que se cobraron su vida y les pedí saber quién lo había matado a cambio de todo el dinero que pude sacar de mis padres antes de que nos arrojaran a la fosa del olvido. Lo que nunca pensé es que los pasos me llevaran hasta ti.

Se me derrumbó el mundo. Ahora comprendí cómo podía tener una cita con mi víctima, pes era yo mismo. No había acudido a los cobradores, ellos habían venido a mí. Núria...

-Pero, cariño, era otro tiempo, yo... yo...-Las palabras se deshilachaban en mis labios.- Perdóname.-Pedí llorando mientras acariciaba su rostro. Y en ese instante pude ver en su rostro la bondad, el perdón y una luz más intensa que la de la farola. Ví la vida, vi a nuestro hijo, y con su beso comprendí que me perdonaba. Luego se giró y se llevó la banda sonora de sus tacones otra vez a la oscuridad, y yo me quedé en el centro de la plaza con el corazón atravesado por la navaja.

martes, 8 de junio de 2010

Revolver

Por fín. Por fín he sentido lo que tantos libros me habían contado y yo nunca había podido sentir en mi propia piel. He visto amaneceres quemando mi persiana porque no quería que llegara un nuevo día. He visto noches de darle vueltas a las sábanas, al colchón, al mundo y a mi cabeza. He visto las lágrimas más amargas de la historia, y las he saboreado con todo su polvo y las cenizas de otras lágrimas mejores.

Y me alegro, y me invadela tristeza al mismo tiempo. No sé si es bueno haber sentido toda la soledad que inspiró a las mejores plumas a escribir los versos más tristes cada noche, podría sentirme en el limbo del arte, uno más de todos aquellos héroes que protagonizaban las páginas de mi estantería repleta de melancolías. Pero tampoco sé si es malo.

La vida es progresar, caer y aprender a levantarse. Y yo caí realmente hondo, donde ni los abismos se atreven a meter sus sombras, y llegó un momento en que temía irme a dormir porque sabía que reflexionaría sobre todas las miserias que había tejido a lo largo del día, y miraba desconfiado a la almohada y prefería vivir en la ignorancia.

Hasta que encontré la solución, debajo de la almohada siempre guardé aquél revolver, aquél que nos dejó en herencia tu padre por que decía que esta vida es muy incierta y peligrosa, que nunca sabes qué fantasma te asaltará en las cuatro paredes de tu vida, que es mejor estar protegido y acabar de un tiro con los jirones del pasado. Y el fantasma era yo, y no dejé más que sangre y plumas del edredón flotando por la habitación.

domingo, 6 de junio de 2010

Miserias III

La relación entre Núria y yo había hallado su lugar entre las histerias y miserias de la vida, un pequeño rincón cómodo donde caminaba firme contra el viento. No sabría decir hacia donde iba, pero le tomaba la delantera al minutero del reloj y nos sorprendía en madrugadas abrazados el uno al otro en un nudo de sábanas sin que nos hubiéramos percatado del paso de la vida.

Sí, había olvidado. Creía que merecía una seguna oportunidad y, aunque el rostro de aquél jóven al que desposeí de sus latidos seguía protagonizando mis más macabras pesadillas, creía que podía encontrar la redención entre las piernas de Núria. Y la buscaba constantemente y ella me la ofrecía y el tiempo, tan vengativo, nos trajo lo que nadie esperaba. Tras once meses de intensa relación Núria estaba engendrando el fruto del miedo que nos había unido. Y yo temía que del miedo sólo pudiera nacer un monstruo, pero ella me convencía con su sonrisa de que todo iba a ir viento en popa y con sus canciones de cuna rota arrullaba mis temores.

Pero el pasado siempre vuelve y hay fantasmas que siempre estarán atados a nuestros grilletes y arrastraremos hasta la tumba aunque pretendarmos borrarlos de nuestra biografía. Cuidar a un niño necesitaba de dinero, de mucho dinero, la familia de Núria nos había cerrado las puertas hacía tiempo y mi madre ya había entrado en la vorágine de la enfermedad y tristemente sobrevivía a las cenizas de su juventud muerta.

Ya lo había hecho una vez, y sumar una sombra más a mi contrato con la Muerte no iba a empeorar las cosas. Sacaría dinero para cuidar al niño, para darle un futuro digno, para que tuviera un hogar lejos de las calles de la droga, donde no viera a los yonkis del ocaso ni sus jeringuillas, donde no supiera nada de morir y pudiera escuchar con su inocencia los vinilos de su madre.

Sería la última vez, ésta sería la soga que nos sacaría definitivamente del abismo.

sábado, 5 de junio de 2010

Miserias II

Se llamaba Núria. Era una de tantas más que habían caído en depresión tras la muerte de un novio drogado, o que conducía a máskilómetros de los que permite el contrato con la vida, o que había decidido meterse en una pelea de ricos más... sea como sea, nunca me contó qué había sido de él, ni importaba. Era una más de tantas en su situación. Nos conocimos en el momento idoneo.

Su ambiente cargado de gafas de pasta, pintas en garitos irlandeses y Vampire Weekend haciendo sangrar los oídos era lo más alejado de cualquier ambiente en el que me hubiera movido nunca. Igualmente, ella nunca había visto las calles llenas de jeringuillas ni los yonkis durmientes del ocaso ni las peleas de bandas en un barrio de cuya existencia nisiquiera se había percatado hasta conocerme a mí.

Fue en el centro, ese único punto de las ciudades en el que se pueden conocer gente que provenga del cerebro y gente que provenga de los piés, como un corazón internodal que conecta las tragedias con las comedias en el organismo de la vida. Aún así, nosotros éramos dos tragedias en busca de una comedia inexistente, y lo único que teníamos en común habian sido las drogas. En mi caso, se esnifaban con billetes de 5 euros, en el suyo, con billetes de 100, pero era la misma guerra luchada en diferentes campos de batalla.

Aprendimos a amarnos a pesar de desconocer el amor, y yo creía que incluso podíamos permitirnos el lujo de empezar a olvidar.

jueves, 3 de junio de 2010

Danza

Ella se levanta antes que el Sol para enfrentarse a horas demasiado largas, a veces, para el ser humano. Mira la ventana, sonríe a sus sombras (que es el mejor remedio para mantenerlas como lo que son y no como lo que podrían llegar a ser), y empieza un nuevo día. Un calcetín, el otro... siente en la punta de los dedos del pié como encierra bajo la tela toda la energía que le encantaría soltar de un solo paso de danza libertadora. Pero hay compromisos, y en la vida no todo es bailar (aunque en el baile todo sea vida).

Camina, a menudo el autobús no la espera y no le queda más remedio que andar por aceras a veces más largas que las horas, pero menos que sus pensamientos. Encadena a cada paso una mentira tras otra y se convence a sí misma de que no merece la pena seguir luchando, aunque en el fondo su corazón nunca se rendirá porque siempre queda entre la sístole y la diástole una voz que le dice que ella puede. Llega al final de su destino, echa en una fosa común de aprendizajes y conocimientos las horas más vacías de su día. Porque después viene lo demás: bailar y respirar, bailar y sentir, bailar y soñar, bailar y vivir.

Y gira 360º grados a su vida en el centro de la pista, y ya no importan las llamadas, ni las lágrimas derramadas. Gira nuevamente y de su pelo se descuelgan los problemas. Da dos pasos hacia el frente, adiós a las palabras hirientes, otro paso hacia el final, adiós a preocuparse nunca más, nuevos giros y en la música se difumina su verdad (o su mentira más voraz). Y es que cuando acaba de bailar, descubre por que se despierta cada día antes que el Sol. Sabe que es lo que le gusta, y sufrir sólo es el camino hacia la satisfacción.

martes, 1 de junio de 2010

Miserias I

Uno no sabe explicar el momento en que la desesperación te puede llevar a jugar con la vida de otro. En qué lugar de la [perversa] mente humana se esconde esa célula que se activa en un momento dado y contagia en cadena a todo el cuerpo hasta que éste decide matar. Sin más. Ese punto en el abismo que separa el civismo de la muerte, esa palabra que todos tememos, y detrás caen las hojas del diccionario presididas por sangre, pecado, ignonimia... y después todas las palabras que acaban en -cidio. Y a uno se le cae el alma a los piés, pero ya es tarde, porque la ha vendido por un cheque que no tiene devolución y que lleva al irreversible final de la vida propia.

Yo lo hice, tenía dieciseis años. Mi madre, viuda, trabajaba 16 horas para conseguir sustentarme a mí y a mis tres hermanos pequeños. El barrio no era más que bolsas y jeriguillas arrastradas por el viento entre aceras pintarrajeadas donde dormían los últimos yonkis antes del ocaso. Y yo, desesperado, no podía ver otro destino que el que había guiado a mi generación, muerta desde antes de nacer.

Los llamaban prestamistas, o banqueros, o gente de negocios. En realidad eran cuatro chavales envejecidos por la ambición que pagaban una buena cantidad a cambio de que mataras a quien quiera que se hubiese cruzado ahora en el camino imparable de los que mandan. Pobres matando por ricos para consumir la miseria que los ricos producen para que los pobres maten. Retórica hueca, pero real.

No sé quién era, sólo sé que en ese momento valía más mi dósis que su vida, aunque, he de decirlo, después de aquello enterré la pistola en la playa, lancé la heroína al mar y nunca más volví a ver una droga. Pero yo ya había pactado com la Muerte mi final.