Cuando te miro a los ojos veo una persona triste y apagada. A veces me sorprendo al encontrar una amplia sonrisa debajo de ellos. Parece mentira que tengas dieciocho años, con tantas arrugas como hay en el brillo de tus pupilas.
Acabas de descubrir el mundo, y te lo estás comiendo a bocado limpio, antes de que le de tiempo a reaccionar y te muerda él a ti. Lo haces sin malicia, sin segunas intenciones, pero no siempre todos pueden llegar a comprenderlo. Por eso te añades capas, y vas ocultándote y haciéndote más lejano, más seco. A veces es bueno, porque cuando llega alguien con la curiosidad y el valor suficientes para desnudarte parte por parte, descubre debajo de tantos muros un mundo totalmente en contraste con el que vendes, con el que pronostican, con lo que la sociedad cree que [debes] eres.
Pero la sombra del qué diran no era tan larga como esperabas, la cruzaste sin apenas darte cuenta hace demasiado tiempo, al mismo tiempo que dabas cuerda a tu mundo interior y rienda suelta a tus más oscuros deseos. Ahora han visto la luz ¡y vaya luz! Esa que escapa de tu retina y le ha ido añadiendo edad y madurez a tus pensamientos a pesar de que le hayas vendido al mundo tu cara de niño bueno que dejó de sufrir los estragos del tiempo y se olvidó de la cara oscura de la vida.
Me consuela, al menos, que las arrugas de tu mirada acomoden esperanzas, ilusiones, aprendizajes y reflexiones profundas, que tus párpados constituyan el marco invisible de normas y juicios que ponen límite a lo que otros ven como impulsivo, que tengas los piés en el suelo aunque el cuerpo amenaze inestable con caer sobre las espectativas del resto, que sepas lo que eres debajo de todas esas capas a pesar de que son las dos de la madrugada y estás hablándole a tu reflejo en el espejo.
jueves, 1 de julio de 2010
domingo, 27 de junio de 2010
Sorpresas
Anoche me sorprendí a mí mismo. Tras una conversación en la que cada intervención se había perfilado como un filo oxidado y cortante, cerré las puertas al mundo y me acosté deseando mojar la almohada con un mar de lágrimas mal lloradas por un amor recientemente descubierto como no correspondido, no mantenido, no cuidado. Y he de reconocer que yo mismo hilé alguno de los tejemanejes que descuidaron dicho cariño, que lo dejaron de mantener por milésimas, pero en ningún momento contribuí a las falsas esperanzas como sí hizo el enemigo al otro lado del campo de batalla, la táctica más detestable de las que se usan sobre las sábanas.
Sin embargo, cuando abracé el colchón y apagué la luz sucumbiendo al silencio, me sorprendí no llorando por mi pequeña desdicha del día, sino por ser tan egoista. Por permitirme sentirme desgraciado por un amor no correspondido, por un tachón en mi libro de vida, cuando la biografía de la mayoría de las personas de este mundo se compone en exclusiva de tachones, borrones, rasguños y vueltas atrás. Sentí que no merecía la pena llorar por un nubarrón insensato en mi horizonte, y lloré por el Sol y las estrellas que se dibujaban tras él. Lloré por el Tercer Mundo, por el hambre, la miseria, la pobreza, y no recordé más a esa persona hasta que se secaron mis lágrimas y comprendí que había llorado por todo menos por sus palabras.
Anoche me sorprendí a mí mismo porque, en un momento en el que, como acostumbro, me hubiera puesto delante de todo y ante todo, cogí a la humanidad y la coloqué por delante de todos mis caprichos, y me sentí lleno, y agradecido.
Sin embargo, cuando abracé el colchón y apagué la luz sucumbiendo al silencio, me sorprendí no llorando por mi pequeña desdicha del día, sino por ser tan egoista. Por permitirme sentirme desgraciado por un amor no correspondido, por un tachón en mi libro de vida, cuando la biografía de la mayoría de las personas de este mundo se compone en exclusiva de tachones, borrones, rasguños y vueltas atrás. Sentí que no merecía la pena llorar por un nubarrón insensato en mi horizonte, y lloré por el Sol y las estrellas que se dibujaban tras él. Lloré por el Tercer Mundo, por el hambre, la miseria, la pobreza, y no recordé más a esa persona hasta que se secaron mis lágrimas y comprendí que había llorado por todo menos por sus palabras.
Anoche me sorprendí a mí mismo porque, en un momento en el que, como acostumbro, me hubiera puesto delante de todo y ante todo, cogí a la humanidad y la coloqué por delante de todos mis caprichos, y me sentí lleno, y agradecido.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
2:36
martes, 22 de junio de 2010
Ciudad gris
Domingo, 1 de agosto, 1915
Ya han pasado más de dos meses desde que llegué a esta maldita mancha en el Adriático. Te he escrito todos los días porque no tengo nada que hacer fuera de las cuatro paredes de este cuartucho de hostal, con una cama, una mesa y una pequeña ventana desde la que se ve el mar y por la que se cuela el salitre y se me pega a la piel dejándola salada como cuando acabábamos de hacer el amor. Y entonces me acuerdo de ti y las noches se alargan como un páramo sin sueños.
La ciudad es un tejemaneje de industrias grises y fantasmas. La gente camina del trabajo a casa y de casa al trabajo. Aunque se suponga que es el último rincón del continente en paz, lo cierto es que parece que la guerra pese más que en pleno centro de la batalla. El miedo se cierne sobre los tejados y dibuja sombras en la mirada de los transeúntes. Aún así, en el bar que hay en la planta baja del hostal se puede oir a la banda de músicos que venía en el barco tocando animadas melodías a todas horas y en el resto de locales la gente aprovecha para soltar todas sus sonrisas censuradas durante el dia y brindar en torno a partidas de dados o apuestan en peleas de gallos.
En resumen, una ciudad insípida con sus ruinas y miserias, como si me hubeira quedado en Londres, pero con menos habitantes y con el salitre el del mar en lugar del sabor de tus besos. Hoy ha llegado un comunicado del frente, dicen que el escuadrón de tu marido se va a instalar en Lurthana, la capital del país, ojalá vengas con él. Sé que no podré tocarte, pero me conformaré con acariciarte con las pupilas...
Ya han pasado más de dos meses desde que llegué a esta maldita mancha en el Adriático. Te he escrito todos los días porque no tengo nada que hacer fuera de las cuatro paredes de este cuartucho de hostal, con una cama, una mesa y una pequeña ventana desde la que se ve el mar y por la que se cuela el salitre y se me pega a la piel dejándola salada como cuando acabábamos de hacer el amor. Y entonces me acuerdo de ti y las noches se alargan como un páramo sin sueños.
La ciudad es un tejemaneje de industrias grises y fantasmas. La gente camina del trabajo a casa y de casa al trabajo. Aunque se suponga que es el último rincón del continente en paz, lo cierto es que parece que la guerra pese más que en pleno centro de la batalla. El miedo se cierne sobre los tejados y dibuja sombras en la mirada de los transeúntes. Aún así, en el bar que hay en la planta baja del hostal se puede oir a la banda de músicos que venía en el barco tocando animadas melodías a todas horas y en el resto de locales la gente aprovecha para soltar todas sus sonrisas censuradas durante el dia y brindar en torno a partidas de dados o apuestan en peleas de gallos.
En resumen, una ciudad insípida con sus ruinas y miserias, como si me hubeira quedado en Londres, pero con menos habitantes y con el salitre el del mar en lugar del sabor de tus besos. Hoy ha llegado un comunicado del frente, dicen que el escuadrón de tu marido se va a instalar en Lurthana, la capital del país, ojalá vengas con él. Sé que no podré tocarte, pero me conformaré con acariciarte con las pupilas...
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
15:36
domingo, 20 de junio de 2010
Despedidas
No sé muy bien cómo han llegado hasta aquí, pero se han plantado delante de mi vida y han echado raíces donde antes había hormigón. No habrá manera de arrancarlos, pero el problema es que no los quiero echar yo. Sus sonrisas y, cuando todo estaba oscuro, haber oido su voz. Su compañía, incluso cuando más solo he estado. Su comprensión, cuando ni yo entendía qué quería de mí. Las lágrimas amargas que más dulces me han sabido en la historia. ¿Qué más puedo decir? Tendría que dejar hablar a la piel, que contara como es eso de ponerse la carne de gallina al haber notado que se llevaban una parte de mí a sus nidos, y debería hablar también ese rincón de mi cabeza que me repite constantemente "serán sólo unos meses" y así autoconvencerme de que después volverán.
Juro que estos meses os voy a odiar con todas mis fuerzas. Por haber permitido que llegara este momento y haberme hecho pasarlo tan bien. Y así, cuando llegue septiembre, no me quedará más que cariño para otros nueve meses de amistad.
Juro que estos meses os voy a odiar con todas mis fuerzas. Por haber permitido que llegara este momento y haberme hecho pasarlo tan bien. Y así, cuando llegue septiembre, no me quedará más que cariño para otros nueve meses de amistad.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
3:17
viernes, 18 de junio de 2010
Presentimiento
Tengo el presentimiento de que ahora que todo debería haber ido como la seda, algo va a salir mal. Algo realmente gordo va a volar por los aires y me va a golpear en la cara amarga de la vida, y en la dulce, y las va a volver agrias a las dos. Pero ¿sabes? Tengo el presentimiento de que va a resbalar por mí como un hielo sobre el Sol y voy a explotar con ello y a desintegrarme y a convertirme en polvo de estrellas. Y para cuando algún vagabundo haya recogido todos los pedazos y me haya reconstruido, habré encontrado la sonrisa de emergencia que escondí para estos casos y se la escupiré en las narices a la vertiente oscura del destino.
Porque ya ha habido demasiadas caídas sin opción a levantarse y demasiados tropiezos con distintas piedras repetidas y reiterativas. Porque tengo el presentimiento de que no voy a presentir nada y de que voy a estrellar la nuca de mis sueños en la acera de los miedos para que salga la sangre y flote y suba y suba hasta la cresta de las olas de este mar tan negro, y allí forme la espuma que me retenga en el universo, aislado de todo, feliz, por unas milésimas, para volver a hundirme en las ciénagas de este planeta mundano e inmundo en cuanto mueran mis deseos.
Preferiría que no pasara nada de eso, pero no hay remedio: soy un iluso amante de lo triste, y me gusta el sabor amargo de tus besos (ese que me hunde en tus océanos, que me ahoga entre tus cienos). Deseo que todo salga mal, y ser polvo de estrellas perdido, y tú el vagabundo que recoja y reconstruya mis sueños.
Porque ya ha habido demasiadas caídas sin opción a levantarse y demasiados tropiezos con distintas piedras repetidas y reiterativas. Porque tengo el presentimiento de que no voy a presentir nada y de que voy a estrellar la nuca de mis sueños en la acera de los miedos para que salga la sangre y flote y suba y suba hasta la cresta de las olas de este mar tan negro, y allí forme la espuma que me retenga en el universo, aislado de todo, feliz, por unas milésimas, para volver a hundirme en las ciénagas de este planeta mundano e inmundo en cuanto mueran mis deseos.
Preferiría que no pasara nada de eso, pero no hay remedio: soy un iluso amante de lo triste, y me gusta el sabor amargo de tus besos (ese que me hunde en tus océanos, que me ahoga entre tus cienos). Deseo que todo salga mal, y ser polvo de estrellas perdido, y tú el vagabundo que recoja y reconstruya mis sueños.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
1:17
jueves, 17 de junio de 2010
Remiendos
He cometido demasiados errores, sin pensar, sin juzgar, sin soñar. Y no hay más que decir. Se ha acabado el tiempo de los silencios, he dado sepultura al blanco y negro y ya siento ese cosquilleo en la suela de los piés...
El aire que entra por el balcón, los rayos de sol quemando la fachada, el canto de los pájaros muerto sobre mi colchón, y optimismo convertido en filosofía de una vida rota y descosida. Porque la vida me brindó una aguja con la que cosí mi sonrisa, antes un boquete desgarrado en la superficie de un rostro en technicolor, falseado, y la fijé a los carrillos para que no se dejara caer por cualquier soplo en contra de las corrientes del mundo, para poder seguir caminando hacia el oeste mientras el planeta gira en dirección contraria.
Y ya he pateado las aceras de esta ciudad y puedo caminar bajo la lluvia sin que cale en mi mirada, que sigue teniendo ese brillo que a muchos asusta, que sólo tú comprendes, que lo es todo. Y nada a la vez... no hay más. Cosquillas en la suela de los piés para aprender a volar por encima de los errores, y me enredo en las sábanas, a intentar soñar nuevamente (con el sol desmigajado sobre la cama, con el hilo del corazón perdido por los suelos, con la sonrisa que se sube por las paredes y los cantos de los pájaros perdidos en el tiempo...).
El aire que entra por el balcón, los rayos de sol quemando la fachada, el canto de los pájaros muerto sobre mi colchón, y optimismo convertido en filosofía de una vida rota y descosida. Porque la vida me brindó una aguja con la que cosí mi sonrisa, antes un boquete desgarrado en la superficie de un rostro en technicolor, falseado, y la fijé a los carrillos para que no se dejara caer por cualquier soplo en contra de las corrientes del mundo, para poder seguir caminando hacia el oeste mientras el planeta gira en dirección contraria.
Y ya he pateado las aceras de esta ciudad y puedo caminar bajo la lluvia sin que cale en mi mirada, que sigue teniendo ese brillo que a muchos asusta, que sólo tú comprendes, que lo es todo. Y nada a la vez... no hay más. Cosquillas en la suela de los piés para aprender a volar por encima de los errores, y me enredo en las sábanas, a intentar soñar nuevamente (con el sol desmigajado sobre la cama, con el hilo del corazón perdido por los suelos, con la sonrisa que se sube por las paredes y los cantos de los pájaros perdidos en el tiempo...).
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Chrístopher Talot
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0:27
sábado, 12 de junio de 2010
Spärvitce
Lunes, 24 de mayo, 1915
He surcado los mares durante cuatro días. La playa de Ancona, Italia, desde donde partimos no estaba tan lejos, pero nos aconsejaron ser prudentes frente a la inestable Costa Dalmata y eso, sumado a la tormenta, hizo más dificil y largo el viaje. A bordo no había nada destacable: doscientos americanos, dos orondas rumanas que vendían canarios, una banda de música que tocaban tristes melodías que me recordaban a cuando te conocí en la embajada en Beirut, un limpiabotas al que le faltaba un brazo y le debía sobrar el tabaco, pues fumaba dos pipas simultáneas para dibujar después sus sueños rotos con el humo, la tripulación, mi cámara y yo.
Era el único periodista a bordo, al parecer el Europe Herald se había adelantado al resto de medios y a la guerra incluso, pues me enviaba a fotografiar el que, decían, sería el centro decisivo de esta guerra: Orovaquia, un pequeño país que ocupaba en su totalidad la península de Koltova, un rincón más del macabro puzzle que formaba la costa de los Balcanes contra el Adriático.
Nunca había oido hablar de él, una micronación a punto de caer en manos de Yugoslavia, pero que se resistía. Una perla para Occidente en medio del campo de guerra. No iba ni a su capital, sino a Spärvitce, la única ciudad donde habían encontrado desde la redacción a alguien que supiera hablar inglés en aquél maldito lugar en el pescuezo del mapa. Y allí, que ya es aquí, he desembarcado hoy. Sé que el correo no sale de la península porque los ejércitos han cortado el paso de Dubrovnik a Podgorica, pero seguiré escribiendote lo que aquí vea, porque, aunque no te tengo cerca, siento que las palabras me hacen compañía cuando eres tu para quien las sueño.
Era el único periodista a bordo, al parecer el Europe Herald se había adelantado al resto de medios y a la guerra incluso, pues me enviaba a fotografiar el que, decían, sería el centro decisivo de esta guerra: Orovaquia, un pequeño país que ocupaba en su totalidad la península de Koltova, un rincón más del macabro puzzle que formaba la costa de los Balcanes contra el Adriático.
Nunca había oido hablar de él, una micronación a punto de caer en manos de Yugoslavia, pero que se resistía. Una perla para Occidente en medio del campo de guerra. No iba ni a su capital, sino a Spärvitce, la única ciudad donde habían encontrado desde la redacción a alguien que supiera hablar inglés en aquél maldito lugar en el pescuezo del mapa. Y allí, que ya es aquí, he desembarcado hoy. Sé que el correo no sale de la península porque los ejércitos han cortado el paso de Dubrovnik a Podgorica, pero seguiré escribiendote lo que aquí vea, porque, aunque no te tengo cerca, siento que las palabras me hacen compañía cuando eres tu para quien las sueño.
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Chrístopher Talot
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3:37
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