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Id como una plaga contra el aburrimiento del mundo



miércoles, 9 de abril de 2014

Las camelias

Era la primera tarde de primavera. Sobre el césped se acumulaban los pétalos de un camelio, formando un perfecto círculo rosa que, poco a poco, iba empapándose de la sangre de Clara. Un charco carmesí que brotaba de su pequeña cabeza de muchacha que nunca llegó a ser mujer, contrastando con su largo cabello color paja que, como los rayos del sol, se escapaba en mechones concéntricos desde su inerte rostro. Hasta su corto vestido rosa palo, combinado con la palidez de su piel, tendida boca arriba, parecía haber sido elegido para la ocasión. Como si supiera que iban a matarla y hubiera querido ir lo más adecuada y elegante posible a una cita de tal relevancia. Estaba tan hermosa y tan muerta, que casi daba ganas de llorar tanta perfección junta. La insulsa monotonía de los edificios de su entorno era casi insultante. La ciudad no se merecía una obra de arte así, no sabría apreciarla. Aquella joven tan perfectamente muerta era un grito de color y belleza desgarrando el vacío de una sociedad sumergida en una paleta de grises. De haberse sabido quién acabó con la vida de la muchacha, deberían haberse formado colas de vecinos en su puerta ansiosos por un autógrafo. Desgraciadamente, nunca se supo quién hizo aquél regalo a la ciudad, esa primera obra maestra de la primavera que consistió en evitarle a Clara soportar cada día la intrascendencia de sus coetáneos, ordas de borregos que, en lugar de apreciar la dulzura efímera de ese momento, lo marchitaron buscando culpables y alterándose como si sus opiniones y actos realmente le importaran alguien. Al fin y al cabo, el asesino sólo pretendía demostrarles que, en aquella ciudad sucia y aburrida, la vida estaba sobrevalorada.

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