A ti te encantaba Lynch y yo nunca supe por qué. A mí me encantabas tú y por eso nunca conseguimos acabar ninguna de sus películas. Deshicimos muchas más camas con la pasión de los veinte de las que habíamos hecho en los diecinueve anteriores sumados. Hasta que yo olía a ti y tú olías a cielo. Sobre tu pedestal, tan alto. Tan increíble que nunca acabé de vivirlo como cierto. Tan perfecto que se me acumularon todos los defectos en el hueso de la risa y desde entonces no me funciona.
Una vez conseguí que viéramos una de Kaurismaki y también dio igual porque a los diez minutos pasé de los subtítulos a tu entrepierna. Pero fue mi pequeña victoria. Ahora sólo queda el recuerdo, tu olor en mi almohada algunas mañanas, la cama deshecha y media sonrisa autosuficiente. A la otra media siempre le faltarán tus películas de Lynch para recuperar la suficiencia.
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lunes, 14 de mayo de 2012
jueves, 1 de marzo de 2012
Sobre el saco y el muro
Supongo que lo merezco. Seamos sinceros, no soy buena persona, nunca lo he sido. Supongo que en algún momento de nuestra vida nos crece un saco a las espaldas donde vamos echando todo lo que hacemos, sus causas y sus consecuencias, y lo arrastramos por muy pesado que sea y por mucho que a veces perdamos varios huesos en el camino. En algún momento de ese pedregoso camino la rafia del culo de mi saco debió acabar de desgastarse, harta de mi modo burdo de tirar, de mis actos indolentes y mi caminar sin rumbo. Ahora por el agujero se han escapado todos los actos buenos, y era sencillo, pues eran pocos. Los malos son demasiado grandes para colarse por el agujero y por él se han dedicado a entrar hormigas, pesadillas y las consecuencias de todo aquello que nunca hice correctamente, de todo lo que no he sabido dar y de todo lo que nunca he comprendido. Con el paso del tiempo todo se irá rompiendo y pudriendo dentro del saco y ni siquiera me parecerá mal, al fin y al cabo en esta vida siempre hay que ser consecuente, hasta para ser malo, y mi saco se merece estar tan negro como yo lo estoy por dentro. No os preocupéis, que yo lo abro y podéis seguir echando todo lo que os duela, os disguste o, simplemente, prefiráis que cargue otro. Total, sin alma esta vida no pesa, ni el saco, ni el invierno interior, ni el corazón roto.
Que toda piedra hace muro, dicen. Pues bien, necesitaré buenos cimientos.
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Chrístopher Talot
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19:06
jueves, 9 de febrero de 2012
Sobre ti
Nunca, en al historia de las miserias de este blog, una entrada me ha sangrado tanto como esta. E insisto: nunca.
Podría escribir mucho sobre ti pero, sinceramente, ya no sé qué sería cierto y qué no. Hoy en día no conozco a la persona que creía conocer, ese alguien que me dio lo que nunca nadie antes me había dado, que me abrió puertas que creía vetadas y que me regaló y provocó las sonrisas más sinceras y amplias que jamás he visto o esbozado. Siento que me tiembla la mano al pulsar las teclas y ya llevo bastantes horas sintiendo como el corazón se rompe en mi interior. Y lo que es peor, presintiendo que los pedazos afilados irán abriéndose camino en mi interior entre sangre y dolores, hasta hacerme el alma girones. Ese mismo alma que se había aferrado al endeble hilo con el que cosiste en nuestros últimos días todas mis, ahora sé que falsas, esperanzas. Y es que debiste saber que nadie da más que el que da fe y tú me hiciste invertir toda la mía en ti. Ahora todos me dicen que sonría, que siga adelante, que empieza un nuevo ciclo y que, al fin y al cabo, con esa cobardía has demostrado que no me merecías. Y todo me da igual, porque yo quiero merecerte, quiero seguir colgado de ese hilo frágil que al menos mantenía mis pies lejos de esta tierra que ahora parece baldía y seca y donde todo me recuerda a ti y a los momentos que pasamos juntos, felices, soñando. Has jugado al tiro al plato con mis sueños y supongo que en algún momento me pasará factura. Ahora miro al futuro y sólo veo ilusiones rotas, miro al pasado y sólo te veo a ti, miro al presento y veo...
El irresistible placer de dejarse morir.
Ideado por
Chrístopher Talot
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1:27
domingo, 18 de diciembre de 2011
Dios
Lo que más asusta de la certeza de que no existe ningún Dios allá arriba no es ni que no vayamos a tener nada tras la muerte, pues una vez muertos no nos podríamos preocupar por ello, ni que no podamos hacer responsable a nadie de nuestras desgracias y tropiezos, pues el ser humano tiene una extraordinaria capacidad para encontrar siempre a quién culpar.
Lo que más asusta de la certeza de que no existe ningún Dios es que, en los momentos en que estamos solos, sabemos que esa soledad es sumamente cierta. Que no hay nadie mirándonos las veinticuatro horas, que nadie nos sigue, que nadie sabe de todo lo que hacemos y, peor aún, que a nadie le interesa. La peor certeza de que Dios no existe es que, en su lugar, existe la soledad absoluta. El no importarle a nadie. El saber que, llegado el momento, podría darse que nadie supiera, ni se interesara, por tu existencia.
Lo que más asusta de la certeza de que no existe ningún Dios es que, en los momentos en que estamos solos, sabemos que esa soledad es sumamente cierta. Que no hay nadie mirándonos las veinticuatro horas, que nadie nos sigue, que nadie sabe de todo lo que hacemos y, peor aún, que a nadie le interesa. La peor certeza de que Dios no existe es que, en su lugar, existe la soledad absoluta. El no importarle a nadie. El saber que, llegado el momento, podría darse que nadie supiera, ni se interesara, por tu existencia.
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Chrístopher Talot
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0:03
sábado, 15 de octubre de 2011
Sobre todos los miedos que rompen en otoño
Rojas, caen, secas, vuelan unos segundos, creen que son libres y al fin, tocan suelo, muertas. Las crestas del paisaje se doran y el cielo se encapota con todas las lágrimas evaporadas. Llega y arrastra los últimos rayos de Sol hasta la orilla, los ahoga en el lago y acaba con ellos. Una última luz, tan brillante que duele, rasgando desde la superficie del agua cristalina que pide auxilio. Sonrisas heladas. Viento y lluvia y adioses y, sí, otoño. Los ratos contigo secuestran el tiempo y pierdo la noción de la estación que atravieso, pero tarde o temprano tengo que abandonar tus brazos y vuelvo al mundo real y consciente, donde todo es barro, donde veo los meses pasar demasiado rápido y las manillas del reloj corriendo contra mis instintos, recordándome segundo a segundo que estoy haciendo algo malo. Y lo peor de todo: temo. Tengo miedo. De volver a tus brazos y que el tiempo quede nuevamente en suspenso y perder la cuenta de todo lo que llevo. De las veces que me desnudo. De las veces que te desnudo. De las veces que me y te desnudas. De las caricias en el hueco de las alas. De los besos que pierdo en tu piel y de las palabras a cobro revertido. Sobre todo de estas últimas. De esas que, si dices, necesitan respuesta idéntica de la otra parte. Necesitan del consenso no hablado de ambas partes del abismo. De un mismo sentimiento a los dos lados de la última frontera.
Tengo miedo de decirlas y que no haya respuesta. De que se vuelvan rojas, y caigan, secas, volando unos segundos, creyendo que tú también vas a pronunciarlas y al final no lo hagas, y toque suelo, muerto.
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Chrístopher Talot
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19:11
lunes, 3 de octubre de 2011
Sobre el momento en que todo implosiona
Positivismo, sonrisas, brillo, alegría, brisa, lago, canciones, carcajas, verde, besos, agua, caminos y de golpe se rompe la gota de cristal que pende sobre el vacío que ignoras. Como el canto del cisne. Un sonido tan agudo que no lo percibes, pero los pedazos caen rasgando el pericardio y todo se ennegrece. Y la sangre cuaja formando un charco bajo tus pies en el que solo tendrás dos opciones: resbalar, o cuajar tú también. Desnucarte o desecarte. Morir rápida o lentamente. Nada más. Y nada menos.
Todos los kilómetros encaramados a tu espalda para darte cuenta que no te queda nadie a quien cargar en ella, que no tienes a nadie que te cargue a ti. Cumples las más negras profecías que se barajaban y dejas a las cartas y al azar la decisión final. Destinado a amar un corto tiempo y a sufrir el resto. Destinado a no conocer a nadie para siempre. A poner tierra de por medio. A enterrar, poco a poco, entre sangre cuajada y cristales turbios, tus sentimientos.
Morir rápida o lentamente. O morir escogiendo.
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Chrístopher Talot
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23:18
domingo, 4 de septiembre de 2011
2.953
Fue entonces cuando me preguntaste sobre cómo era. Y yo no lo entendía. Sobre cómo era eso de latir a sesentaiún grados, 29 minutos y 53 segundos al Norte. Y yo seguía sin querer saberlo. Actué como si fuera tonto, necio, obtuso.Tanto me hice el ciego que acabé por no ver. Veintitrés grados, 45 minutos y 39 segundos al Este sigues doliendo. Y es que en el fondo te has enzarzado en algún lugar entre mi sién y el futuro, entre el diccionario y las palabras perdidas del pasado. No hay suficiente aurora para borrar la sombra. No hay suficiente sombra para borrar tu fondo. Me gustaría habitar otro cuerpo y empezar de cero y dejarte a ti y tus dientes devorando mis restos. Hártate de mis deshechos. De los jirones que hiciste. De los agujeros por los que dejaste volar mi esperanza y las aldabas de donde colgaste el pellejo irsuto de mi alma carcomida. No hace el suficiente frío para congelar el remordimiento, ni nieva aún para cubrir mis miserias. No. Quedan muchos meridianos por cruzar hasta que comience a borrarse tu impostura. Demasiados paralelos para el mapa cincelado en el pericardio. Demasiados placeres a los que renunciar y muy pocas alegrías que hagan cierto aquello de la distanica y el tiempo. Demasiado relativo. Insuficientemente cierto.
Y fue entonces cuando te contesté: es genial. Soy feliz. Me encanta. Como si la pregunta no implicara un mundo que ni tu voluntad ni mi paciencia vayan a poder quemar. Como si las cenizas no siguieran estando calientes y las palabras vibrando en las paredes de aquella habitación vacía.
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Chrístopher Talot
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2:08
domingo, 14 de agosto de 2011
Sobre el vacío
Como en un gran angular. Con todo ese espacio inútil. Huecos como el que queda entre la tercera y la cuarta costilla, a la izquierda. Entre comisura y comisura de los labios al sonreír. En las pupilas de una mirada muerta. En los días impares y lluviosos. Yo me quedé fuera de foco. Llega un momento en que te cansas de llenarlo todo con cieno y descubres que en realidad es una fosa sin fondo, como un agujero negro o un saco sin remiendos. Como un corazón carcomido. Que todo lo que entra por un lado, sale por el contrario. El tiempo pasa para todos, pero no lo suficientemente rápido. Sería más sencillo darle al interruptor y mandarlo todo a la mierda: Para esto no me hagas salir de casa. Me hubiera apañado yo solo y NO me hubiera dado cuenta de cuantas cosas me faltan para ser feliz. Para escalar. Para desmembrar ideales. Para volar en mil pedazos y olvidarme de todo y quemarme a lo bonzo en el cielo antes de morir a fuego lento. Aunque al fin y al cabo llevo bien la cuenta de lo que me falta, demasiado. Maldita memoria, malditos sueños. Ojalá estrellaran su nuca en el tacón de charol rojo de alguna puta barata y murieran sin tiempo para réplicas en una calle con olor a orines. Correrse en su pecho prefabricado mientras fuma tabaco del malo y acabar con toda la parafernalia y el carmín incendiado en la piel. Un último capricho para este condenado a vivir. Para mis cenizas. Para los tacones de la vida, si es que aún lleva. Hace tiempo que no la veo. No sé cuanto cobra ahora.
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Chrístopher Talot
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3:02
sábado, 6 de agosto de 2011
Sobre lejos, cerca, a un lado o al otro
Tomar distancia. Cruzar el meridiano en busca de la respuesta a tus miserias y descubrir que siempre tendrás un nuevo problema para cada solución propuesta. Caminar sobre ascuas. Llorar sobre cenizas y embadurnarse en la masa tibia que resulta de tantos fuegos fatuos y llantos vanos, como cieno, como brea. Y regocijarse en ello. Empezar la casa por el tejado y dejar que los cimientos de tus preocupaciones coronen la obra, protagonicen tu novela muerta de final abierto. Que por más que huyas los miedos te pisan los pies. Que vayas donde vayas, el Sol está en todas partes, y mostrará tu sombra. Que a cada paso te deshojas. Que pierdes tus pétalos podridos, y el deshecho no siempre hace barbecho. El corazón no nació para ser arado y tú has dejado pasar por el tuyo todos los yugos de esos para los que eres demasiado inteligente para comprender, y demasiado tonto para no querer. Por mucho que corras, caerás en los mismos charcos, tropezarás con las mismas aguas turbias. Sólo escribir te salva, y escribir, a la vez, te desgasta. Devasta. Desangra. Desgarra.
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Chrístopher Talot
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13:08
jueves, 21 de julio de 2011
Sobre colores y mi mundo ortocromático
Cuando era pequeño imaginaba que el mundo no iba más allá de las cuatro casas de mi pueblo, que la mayor conquista era subirse a un árbol a por mi pelota encallada, que el diavolo era un innovador juguete que cambiaría la infancia y que mis padres eran héroes de una epopeya griega. Poco a poco creces y las fronteras se expanden a ritmos más veloces que tu corazón, más allá de las galaxias, mientras los empujones de tus ventrículos están contados. Los imperios de tus padres pierden tierras a favor de las hormonas y la mayor conquista consiste en aceptarte a ti mismo, algo que quizá nunca logres. Ni con la escalera de mano más alta. Ni con el balón más bajo. Te das cuenta que no existe nada nuevo, todo está inventado y, por supuesto, nada cambiará el mundo. Como los latidos de tu corazón, hasta la última revolución ha sido medida y delimitada con premeditación, y sólo te queda encontrar unos ojos coloridos que den caza a tu vida en blanco y gris para poder escapar a lo previsto, a lo correcto, a lo esperado. Unos ojos que te hagan suspirar, que te acompañen en tus fantasías más íntimas, que pinten tu rutina con el borde de sus plumas, que te empujen en sus pupilas hacia abismos de neón, y te recuerden que, por muchas personas que haya en el mundo, seres humanos sólo hay dos.
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Chrístopher Talot
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21:05
lunes, 18 de julio de 2011
Sobre carretes velados
Tic tac tic tac tic tac tic tac... Sobre la mesita. Incesante. Pompom pompom pompom pompom... Sobre el colchón. Cesando.
El tiempo ha pasado y no da tregua a nadie. Metí bajo el somier todos tus recuerdos y al final criaron y hoy son humedad mojando mis huesos y empapándome el alma. Tus sueños, ácaros en la almohada. De la aldaba en la pared donde colgabas tu abrigo al llegar cada noche empapado hoy solo quedan las lluvias y el olor a moho y soledad. Del perchero, que nunca usabas, cuelga hoy la única camisa que te dejaste en casa. Lo hice como un reproche mezquino, un último mohín del niño que mataste en mi interior. Bajo el hueco del omóplato, donde tenía las alas, ahora hay dos cardenales con forma de rosa. Y a veces aún me queman y parece que sus pétalos ardan y la ceniza huela a tu aliento. Debe de ser por todos los besos que dejaste caer sobre mi piel cuando aún estábamos a tiempo de coger aguja e hilo y remendar nuestros destinos. Bajo el mismo techo que nos vio posar ante mi réflex hoy sólo hay carretes desvelados donde adivinar alguna sonrisa que los meses han vaciado de significado y convertido en un drag triste. En un payaso sin gracia ni sentido. Una bailarina de ballet rompiéndose los dedos inútilmente sobre le fango. La cámara la tiré en algún momento entre que te hacías la maleta y cerrabas la puerta por última vez. El objetivo ya no gira. El nitrato se ha evaporado. El enfoque se ha oxidado. Y lo único que obtura en esta habitación es mi corazón, cada vez más lento, sobre el colchón...
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Chrístopher Talot
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0:34
jueves, 7 de julio de 2011
Sobre melatonina y abismos
Das un paso. Otro. Y otro más. Todos de espaldas. Caminas sin ver lo que te espera porque ante tus ojos se alza un mundo basto de buenos recuerdos y sonrisas tejidas con estrellas en el mapa de lo eterno. Das otro paso más sin ver lo que tienes detrás. Un paso más a ciegas y entonces sucede... Tu corazón cae en picado. Estaba ahí. El precipicio. El acantilado al final de tu mundo de fantasías y buenos momentos recolectados mientras olvidabas las espinas de sus tallos. Todos esos te quiero que nunca dijiste, los que no te susurran, los que nunca te dirán. Todas esas palabras vacías, los mensajes de amor, las promesas incumplidas. Todo ese cenagal de desencuentros que te habías empeñado en olvidar pero que han trazado un camino paralelo a ti y se han encontrado justo debajo de tu talón para tirar fuerte de esa sonrisa tejida, para apagar todas y cada una de las estrellas que la cosen, para desgarrar el mapa bordado con eternidades y otros inventos del ser humano para sentirse libre, como la juventud, como el dinero, como el bien y el mal.
Y es que en el fondo amas ese dolor. Eres un esclavo más de tus miserias guardando cola en el desencanto. Otro ser humano que sabe que, en realidad, los momentos alegres no tendrían sentido sin sus respectivas sombras. Y te recreas en la caída en picado y sin freno de tu músculo cardíaco al borde del colapso, deseas el crepitar de las lágrimas, deseas las noches suicidas, y deseas volver a eyacular todos tus momentos de congoja para poder morirte a gusto. Morir llorando. Como se nace. Como se vive. Como se es humano.
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Chrístopher Talot
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19:26
sábado, 11 de junio de 2011
Sobre Platón y otros caparazones
Llevas tanto tiempo enfermo que ya no te recuerdo sano. Sí creo recordar un tajo brillante en tu cara seria que se asemejaba a una sonrisa. Y creo recordar un mar de picardía al fondo de esas pupilas. El resto ya está muerto. Las horas se empujan unas contra otras y van cayendo por el precipicio, una a una, hasta el fin de mis días en esta ciudad. Me iré y pasarán muchos meses antes de que vuelvas a verme por estas calles, por estas aceras, por estas miserias. Ni siquiera sé si para entonces seguirás viendo, o te habrá hundido en tu ceguera. En esa enfermedad que tiene su principio y su fin en tu propia cabeza, en exceso amueblada. Yo te hubiera ayudado a hacer mudanzas, a tomarte la vida un poquito menos en serio. No voy a mentir y reconozco que fue esa seriedad y esa visión tan profunda de la mentira humana lo que me atrajo de ti, lo que me ató a tu cama. Pero, seamos sinceros, no llego a los veinte años, y no estaré esperando eternamene a que te reposes, revivas y salgas a buscarme entre los trastos de esta ciudad. Me voy lejos y conoceré a muchas personas más con una vida y un pasado de tormentos que contarme, mientras tú te vas encerrando en ese caparazón, rodeándote a ti mismo, muriendo en el centro de tu espiral de lágrimas. Cuando vuelva seré otro, y quizá me halle en el punto en que por mucho que te reinventes ya no puedas sorprenderme, ni aportarme nada. No eres el hilo de oro en el laberinto, ni la brújula en la selva, ni el oasis en el desierto. De todas las lecciones de la enciclopedia del hombre te faltó por aprenderte la entrada de lo prescindible. Nadie es único, nadie merece toda mi atención. Se me agotan los días, no lo hagas por mí, hazlo por ti: despierta ya. O calla para siempre.
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Chrístopher Talot
a las
0:48
miércoles, 8 de junio de 2011
Sobre noches frías, noches cálidas
Siempre mantuviste la preocupación de ser algo vulgar. No te preocupes, que no fuiste un monstruo más, fuiste el peor de todos. Te arrastré en la conciencia tanto tiempo que a veces aún me despierta el tintineo de las cadenas en las noches más frías. En las noches más cálidas, en cambio, me pierdo en mis propias manos y me dejo llevar por tu recuerdo. Hay ciertas horas del día en que pienso sistemáticamente en ti, el resto del tiempo lo invierto en tratar de olvidar el cardenal en mi conciencia, pero pesa. Cuando abandonaste la casa te dejaste el periódico del día y tu perfume. El primero lo tiré, ya sabes que prefiero enterarme de los problemas cuando ya los han resuelto, y el segundo lo guardé con mucho cuidado en el cajón para usarlo poco a poco. Hoy he abierto el cajón y se había evaporado sólo. Supongo que es una señal. Todos los fantasmas de mi presente confabulan, aunque no me quita el sueño, uno se acostumbra a vivir con sus llantos. Hoy es tu santo y aunque no lo celebrabas nunca yo te hubiera hecho un regalo. Me hubiera perdido entre tus manos y acabado en ti, para variar. Las mías van a explotar, dejaron atrás la suavidad por el castigo. Sea como sea, pasará.
¿Recuerdas aquél café amargo que siempre bebías y que yo odiaba? Aún sigo comprándolo.
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Chrístopher Talot
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16:08
sábado, 28 de mayo de 2011
Sobre ser la pieza muerta en el tablero
Te tira, ¿verdad? Notas la tensión del músculo, el tórax a punto de desquebrajarse, una fuerza que desgaja tus pulmones, las costillas astillándose... Sí, cada uno ha metido la mano por donde ha querido y se ha agarrado fuerte de tu corazón. POMpom, POMpom, POMpom... En el fondo ninguno lo quiere. ¡Pero es tan reconfortante el placer de haberse llevado un trozo tuyo! Todos se sienten heridos, todos te recriminan y te echan en cara hasta el último poso de cieno y miserias anclado en su remordimiento. Y tú te callas. Te callas porque no quieres hacerles daño, porque no quieres entrar en el juego de quién ha hecho más, te callas porque no te gusta remover las miserias y te callas porque, al fin y al cabo, no ves necesario arrancarle el corazón a nadie. Pero te dejas arrancar el tuyo. Te muerdes los labios, dejas que tiren y lanzas al vuelo un par de lágrimas. Luego, nada. Tienen lo que querían, esperas que estén contentos, agachas la cabeza y sigues viviendo tu vida haciendo como que no ha tenido importancia, como que todo es perfecto, como que mereces lo que te han hecho y ahora todo es más justo y podrás empezar de nuevo. Y cuando llegue otro también meterá la mano entre tus costillas, y así empieza de nuevo el macabro juego. Vas a acabar rompiéndote, si acaso no eres ya un juguete roto.
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Chrístopher Talot
a las
20:40
martes, 17 de mayo de 2011
Sobre hacer bocetos y revolveres
Te miro. No hablas. Hace exactamente cuarenta minutos que no tocas el café. Esta cita ha dejado de tener sentido. Quedamos entusiasmados, como si fueran los viejos tiempos, como si los sentimientos muertos hubieran vuelto por la senda del olvido hasta nuestros corazones hirsutos y les hubieran dado brío. Pero tras veinte minutos de conversación nos damos cuenta de que seguimos secos. Recuerdo el motivo por el que no te hablaba. Habíamos discutido tanto sobre lo que no nos dolía que olvidé lo que de verdad me empujó al agujero. En ese momento he oído los cachos de corazón desperdigarse por el suelo como si no hubiera pasado el último año, y la conversación ha muerto. Me he sentido ridiculamente mal, incluso he intentado reavivar la cháchara con asuntos triviales. Que qué buen tiempo hace este enero. Que qué caro se ha puesto el metro. Que qué no qués ni qué mas da más. Tú tampoco has prestado mucha atención. También te has dado cuenta, también en ti se ha roto algo. El mecanismo que daba cuerda a tus sonrisas. Esas que son como un revolver que disparó contra mi frente y dibujó tirabuzones de sangre sobre la almohada.
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Chrístopher Talot
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1:05
viernes, 13 de mayo de 2011
Sobre ir de más a menos, y desaparecer
Si me muerdo la lengua saldrán volando las malas palabras que nunca te dije. Hoy he pateado las aceras en busca de un motivo para seguir andando y no volar yo también. ¿Para qué conformarse con ser humano si podemos ser más? Si pude serlo, si dejé de poderlo, si soñaré con dejarlo de haber sido. La última vez que me la mordí te salpiqué de tensión y orgasmos. La próxima te llenaré de sin sentidos.
Un día me voy a tragar a Dios y cuando lo vomite será polvo de estrellas, como un flash de la última foto de nuestros cadáveres, un testimonio de lo que nunca fuimos, éxtasis líquido y el polvo que poco a poco se ha ido depositando en tu lado del sofá.
Me voy a desguazar. Tanto tira y afloja tenía que llevar a esto. Te dejaste la ropa sucia sobre mi edredón. Sólo espero que no acabes sobre mis restos. Mejor búscate otro lugar donde vaciar tus instintos. Me puse en liquidación, cerraba por traspaso, sangre y sexo.
Desahuciame el alma, como desahuciaste mi cuerpo.
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Chrístopher Talot
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22:48
martes, 10 de mayo de 2011
Sobre las espirales y lo que llegó tarde
Si nos hubiéramos caído de la pluma de Sófocles, yo hubiera deborado a tus hijos, o tú hubieras matado a mi hermano, o los dos nos habríamos casado con nuestros padres, o seríamos fruto del incesto, o nos asfixiarían los Titanes. Sin embargo, los griegos llevan ahogados en el Egeo demasiado tiempo para narrar nuestras miserias. Esta tragedia la escribimos entre tú y yo, paso a paso, lágrima a lágrima. Entre aquellos cafés con dos terrones de azúcar y tres de amargura, entre calada y calada a tu pulmón negro, entre suspiro y suspiro por ver que el tiempo pasaba. Sí, también para nosotros. Y creció en tu corazón la arruga que acabó por tragarte y en el mío se abrió un agujero del que nunca más regresé. Así se dio paso a la ceniza. A la que queda hoy de mis tardes esperando en tu portal. De la que renacerán algún día tus fantasmas. Y volveremos a empezar porque hay un punto en nuestras vidas en que todo pierde sentido y no nos queda más que rodar y rodar en busca del hilo de oro que nos saque del laberinto. Rasgar las coordenadas del espacio que hay entre los dos. Trazar espirales en la historia. Morir en el intento.
Los Dioses se quedaron sin palabras a la hora de escribir nuestro destino.
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Chrístopher Talot
a las
0:46
lunes, 2 de mayo de 2011
Sobre esos tiros que me apetece pegarme
Si los hubiera pegado todos de mí quedaría un puré de sueños y sesos esparcidos sobre el lienzo de mis miserias cotidianas. Pero que no me los haya pegado físicamente no quiere decir que no hayan atravesado mi sien, abierto un agujero negro de esperanzas en mi cráneo y atravesado el cerebro clavando huesos astillados en cada axón, brillante como una estrella en el vacío. No significa que la bala de mis tormentos no haya obstruido mi encefalograma, haya rasgado el vórtice ideal de cada lóbulo y asfixiado hasta la última neurona. Haya ido dejando un reguero de fango y sin sentidos por mi cabeza y al final haya salido por el otro hemisferio, llevándose los valores, las sonrisas y el porqué de seguir con todo esto, y salpicando mi almohada de los sueños rotos que nunca más he de volver a imaginar y de la soledad que cada día saboreo.
Con toda la sangre que brotaría de esos momentos podría haber escrito mil biografías diferentes mías, pero ninguna me convence. Es como si la pluma de mi cerebro muerto se empeñara en escribir destinos que ni yo ni nadie quiere, es como si la médula espinal se hubiera enrollado por dentro de mis vértebras y se hubiera escondido de algo que le atemoriza ahí dentro. Y ese algo soy yo, y mis ideas de perro vagabundo y mis amores de perro pulgoso y mi escepticismo de perro viejo. Y entre una perrería y otra, sigo cargando el revolver en intentos de acabar con todo que no hacen sino abrir fosas nuevas y abismos viejos.
Algún día meteré todas las balas en el tambor.
Ideado por
Chrístopher Talot
a las
20:00
lunes, 11 de abril de 2011
Sobre amor y teoría de cuerdas
Hoy he dormido con la puerta del balcón abierta. Sí, sé que aún estamos a principios de abril y que están por caer las lluvias más fuertes del año, que vendrán aún los vientos de mayo a llevarse de aquí esta mentira con sabor a verano. Pero hacía calor, algo más de treinta grados, y el ligero sudor resbalando en mi piel dibujaba recuerdos con la caligrafía de tu nombre. Me he despertado y olía a vacaciones. He puesto agua a hervir para hacer ensalada de pasta como en aquél julio cubierto ahora de polvo. Me he puesto los pantalones cortos, aquellos que llevaba la noche del primer beso, mientras oía el burbujeo extrañamente estival de la cocina, me he puesto la camiseta blanca y lisa que no dice nada de mí y que me pongo cuando mi cara habla demasiado. Y me he sentido como si en cualquier momento fuera a recibir un mensaje tuyo, aunque ya he cambiado de teléfono; como si fueras a llamar al timbre, aunque ya no vives en la ciudad; como si al volver a la habitación fueras a estar en la cama, aunque hace meses que no pisas esta casa.
Dicen que los científicos quieren inventar la máquina del tiempo, hablan de cuartas dimensiones y teorías sobre espirales que almacenan la velocidad, el cambio y el espacio de los sucesos, que se pueden desenredar y desentrañar sus partículas para viajar por ellos... Estúpida ciencia, hoy es abril y he vivido un verano añejo. El corazón no conoce de tiempo. Nosotros lo inventamos.
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Chrístopher Talot
a las
1:13
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