lunes 8 de febrero de 2010

Ansiedad

Me falta el aire. Me faltan las fuerzas. Noto que mi boca no da a basto y mi nariz no es lo suficientemente poderosa para mantenerme en vida. Me faltan pulmones y siento una opresión en mi pecho. Son las raíces del mundo que hacen fuerza contra mi corazón marchito. Y ya no puedo resistirlo más. No podré aguantar más la opresión, la fuerza y la ansiedad. Los otoños perennes en mi mirada y los inviernos eternos junto al mar.

Simplemente.

Me falta el aire. Me faltan las sonrisas, las mañanas felices, las canciones que cantábamos y soñábamos con oir mientras dábamos la vuelta al mundo en un velero que partió de la bahía de Hong Kong y llegó a atravesar el desierto para quedarse varado en medio. Que resurgió en un lago en Central Park, NY, capital de nuestra imaginación, y que cayó rodando como un juguete por los inclinados tejados de Montmartre, donde nos abrazamos mirando la Torre Eiffel mientras los gatos maullaban al rededor.

Me faltas tú. Y por ello, no es que me falte el aire, lo que me faltan son las ganas de respirar.

domingo 7 de febrero de 2010

Recuerdos

Me levanto, y todo me recuerda a tí.La luz nívea que entra por la ventana y se acuesta en la cama, echándome a mí de ella. El tacto de las sábanas al expulsarme de sus dominios. Mis piés descalzos tocando las frías baldosas. El roce del calcetín al introducir mi pie izquierdo, y la suavidad con que entra el derecho. El olor a café mientras me ducho, y el olor del champú, y el del gel, y el del agua. Sí, el del agua. El agua tibia de la ducha, el agua hirviendo para el café y el agua helada para afeitarme. Me recuerda a ti la resistencia de mi barba, y la música que suena en la casa mientras se despierta el día.

Me acuesto, y todo me recuerda a tí. La luz inexistente que se ha fugado de la cama y me la ha dejaod fría, mis pies helados y el olor a alcohol que se me ha quedado pegado a la piel.

Y entre esos dos instantes todo me ha recordado a tí. Las películas que vimos, las canciones que oímos y los instantes que compartimos se esparcen por toda la ciudad y aunque yo intento no pensar todo se confabula e instite y logra que siga pensando en tí.

Todo me recuerda a tí, sobre todo cuando me doy cuenta de que tu no te acuerdas de mí.

miércoles 3 de febrero de 2010

Macondo

Y allí estaba el patio de la casa. Se entraba por los grandes portones de madera, se atarvesaba el amplio recibidor de tierra molida, se pasaba junto a los establos, a través de la cocina, se recorría el perfumado pasillo de las begonias, más allá de las habitaciones, y allí estaba el patio de la casa. Con su enorme almendro en el centro, con el esqueleto de un centinela atado a él bajo un porche de palma roído por el tiempo. Y en aquel patio siempre llovía y a ella le recordaba al espíritu de Melquíades por los pasillos, a Rebeca comiendo tierra con lombrices para matar la ansiedad, a Amaranta bordando pañuelos para envolver su muñón quemado, a Remedios desangrándose, a José Aureliano y sus bigotes largos y sus pescaditos de oro, a Arcadio y sus complejos y megalomanías, a la pobre Úrsula sufriendo, siempre sufriendo.

Y allí estaba el patio de la casa, y en realidad no existía, eaunque ella lo veía, No existía ni el almendro, ni José Arcadio atado a él, ni ningún otro personaje de aquel Macondo que crecía en su interior. Le habría encantado llamarse Remedios o Rebeca, o Úrsula, o Amaranta, incluso Arcadia o Aureliana. Le habría encantado salir fugaz de la pluma de un premio Nobel y quedar para la posteridad.

Pero lo único que aprendió de la novela fue a vivir cien años de soledad, y es que desde que él, aquel que le regaló el libro, que le enseñó a vivir, a sentir, a reir, a disfrutar... Desde que él se fue nunca más volvió a atisbar la realidad.

domingo 31 de enero de 2010

Pequeña

Pequeña inconsciente. Pequeña, como una gota de espuma que se ha perdido en su ola y ha caido al centro de la pista. Pequeña salvaje que ha seguido mis pasos más allá del límite de lo legal, y de la moral.

Pequeña impotente que has sacado fuerzas de donde no las tienes, de donde nadie te creía capaz, de donde ni tú lo esperabas. Pequeña bicheja que te has colado en mi corazón trepando por mis venas como una dosis extra de alcohol. Pequeña aprendiz de delincuente, precoz en todo, inocente en nada.

Pequeña, que aunque nunca nadie esperó de ti nada que cambiara el rumbo del mundo, diste el golpe de tu vida y te fugaste conmigo. Somos dos fugitivos, pequeña, pero no podremos huir juntos siempre. Te enseñaré a usar la veretta, a beber whisky on the rocks y a fumar como sólo las grandes saben hacerlo, pero sin que dejes de ser mi pequeña. Para cuando ya no esté aquí, porque yo no soy tan pequeño ¿sabes? Y no podré seguir huyendo mucho tiempo...

jueves 28 de enero de 2010

Libros

Hay libros que no se pueden, o no se deben, leer hasta tener una cierta edad. Cien años de soledad hay que leerlo a los 18, cuando se descubre el mundo con la misma mirada ilusa con que García Márquez descubrió Macondo. La soledad era esto está para la crisis de los 30, y Lolita, para la de los 40. Romeo & Julieta se lee con los primeros amores, y Rimas y leyendas con las primeras relaciones...

Con el libro que prometí escribirte pasaba lo mismo. No estaba hecho para que lo leyeras cuando aún nos amábamos. En él plasmaba todos los miedos que me acechaban cada noche, de despertar sin tí, de que las sábanas se hubieran vuelto frías al amanecer. Escribía todas las tardes que me pasaba esperando a que volvieras del trabajo y pensando que quizá habías decidio no volver. Reflejaba toda la ansiedad que me producía la idea de que un día dejaríamos de tocarnos, de vernos, de amarnos... Por eso nunca te dejé leerlo, pensé que no podrías comprenderlo hasta que todos los miedos que había escrito se hubieran hecho realidad.

Quizá si hubiera escrito sobre lo mucho que te quería, sobre las noches que calentamos las sábanas, sobre las mañanas que despertaba y aún estabas ahí, sobre las tardes que volvías del trabajo con una sonrisa en la cara y me preguntabas qué estaba escribiendo y yo te respondía "tonterías" y arrancaba el folio de la Benedetti y lo arrugaba y lo echaba a la papelera, sobre mi esperanza de llegar a viejos juntos... Quizá todo habría ido de otra manera.

Aunque tampoco te habría dejado leerlo, ya sabes, siempre tengo miedo, por una o por otra, a que se cumpla lo que escribo cuando es malo o a que dejara de cumplirse, cuando es bueno, si lo leías.

martes 26 de enero de 2010

Respirar

Entré en el cuarto de baño y me arrodillé ante la bañera. Giré el grifo del agua caliente y las cañerías emitieron su música de vejez y telarañas. Me acordé de ella. Subida en el vagón, alejándose y llevándose en su equipaje mi felicidad. Nunca le dije que la quería y es que en algún momento incluso llegué a creerme mis mentiras, esas que me repetía una y otra vez diciéndome que no la amaba, que yo solo me amaba a mí mismo y al dinero. Pero sí la amaba, prefería verla a ella que ver el Sol salir un día más. Y aún así la perdí para siempre. Días después aún acudía a la estación y me sentaba en los bancos como un alma de hierro forjado que decorara el andén. Esperaba que llegara el tren y bajara ella, con una sonrisa como único equipaje y un 'te quiero' en los labios. Nunca ocurrió.

Me metí en la bañera, que ya estaba llena de agua caliente y su vapor empañaba el espejo, los ladrillos y hasta el alma. Sumergí primero mi cuerpo, y una vez me hube acostumbrado a la temperatura, sumergí la cabeza entera, y dejé de respirar.

domingo 24 de enero de 2010

Enero

Volvería a hacerlo.

Pase lo que pase, diga lo diga, quiera lo que quiera, sé que volvería a caer. En tus sábanas blancas y en tu sonrisa impoluta. Caería por tu mejilla como una lágrima, como una gota de whisky que resbala por el último cubito de mi vaso, como los últimos pasos dados en la pista de baile. Volvería a caer como la primera nieve de enero, como el manto de estrellas sobre nuestras cabezas, como la música que cae a toda potencia de los altavoces y nos hace movernos por inercia. Volvería a caer, rendido a tus pies, volvería a sudar, a bailar, a cantar, a rozar, a saltar, a reír, a jugar a ser el depredador en medio de este cúmulo de gente que, sin saberlo, caen una y otra vez en la trampa de tu sonrisa alegre, tu mirada despreocupada y el movimiento de tu cuerpo al son de nuestros latidos.

Volvería a hacerlo. Volvería a morir por sobredosis de tí.