Con mayo a flor de piel, las efímeras semanas de calor se desvanecieron tan extraña e inesperadamente como llegaron, dando paso al viento y las lluvias que nunca debieron abandonar la ciudad. De los tejados caían ríos grises que inundaban las calles, empujaban la basura por ellas y arrastraban todo el polvo y los días de falso verano recién vividos hacia las alcantarillas. La chica de las camelias había desaparecido ya de las portadas y las pantallas, dando paso a discursos de políticos que nadie había votado y a programas sobre la anodina vida de personajes que a nadie debían interesar. Pero Victoria seguía pensando en la joven asesinada. No conseguía quitarse su recuerdo de entre las cejas, a pesar de que no compartía nada con ella. Victoria, adulta, alta, morena, empresaria de éxito, un torbellino de ambición sobre diez centímetros de tacón nada tenía que ver con la inocencia de Clara, a penas una promesa de la mujer que sería. No compartían barrio, ni conocidos, ni compraban en el mismo supermercado, ni iban a la misma consulta médica, ni habían estudiado en el mismo colegio ni mucho menos en la facultad a donde Clara no hubiera podido acceder ni aun estando viva. Entre ellas había un muro mucho más importante que una pared de ladrillo o una verja. Entre ellas había un abismo insalvable y peligrosamente invisible, de esos que construye el dinero. Y aún así, Victoria seguía dándole vueltas al cadáver de Clara bajo las camelias en una viciosa espiral que amenazaba con taladrarle las sienes. Siempre, más allá de toda diferencia, hay un hilo que avanza por caminos imprevisibles superando todo obstáculo y, por increíble que parezca, ni siquiera el dinero puede parar. El hilo de la muerte, que hacía años se llevara a la hija de Victoria dejándola tendida bajo un camelio en un jardín mucho más cuidado y ostentoso que aquél en que expirara por última vez Clara, pero no por ello más bello. El hilo tejido por un asesino a quién no le importaba la clase, un hilo que cortaba involuntariamente los tratados de Marx y le rebanaba la cabeza a Keynes, demostrándole a aquella ciudad imperfectamente viva que tras los días de sol, llovía igual para todos. Todos eran la misma basura, rica o pobre, arrastrada a las alcantarillas para la imperturbable tormenta.
domingo, 20 de abril de 2014
miércoles, 9 de abril de 2014
Las camelias
Era la primera tarde de primavera. Sobre el césped se acumulaban los pétalos de un camelio, formando un perfecto círculo rosa que, poco a poco, iba empapándose de la sangre de Clara. Un charco carmesí que brotaba de su pequeña cabeza de muchacha que nunca llegó a ser mujer, contrastando con su largo cabello color paja que, como los rayos del sol, se escapaba en mechones concéntricos desde su inerte rostro. Hasta su corto vestido rosa palo, combinado con la palidez de su piel, tendida boca arriba, parecía haber sido elegido para la ocasión. Como si supiera que iban a matarla y hubiera querido ir lo más adecuada y elegante posible a una cita de tal relevancia. Estaba tan hermosa y tan muerta, que casi daba ganas de llorar tanta perfección junta. La insulsa monotonía de los edificios de su entorno era casi insultante. La ciudad no se merecía una obra de arte así, no sabría apreciarla. Aquella joven tan perfectamente muerta era un grito de color y belleza desgarrando el vacío de una sociedad sumergida en una paleta de grises. De haberse sabido quién acabó con la vida de la muchacha, deberían haberse formado colas de vecinos en su puerta ansiosos por un autógrafo. Desgraciadamente, nunca se supo quién hizo aquél regalo a la ciudad, esa primera obra maestra de la primavera que consistió en evitarle a Clara soportar cada día la intrascendencia de sus coetáneos, ordas de borregos que, en lugar de apreciar la dulzura efímera de ese momento, lo marchitaron buscando culpables y alterándose como si sus opiniones y actos realmente le importaran alguien. Al fin y al cabo, el asesino sólo pretendía demostrarles que, en aquella ciudad sucia y aburrida, la vida estaba sobrevalorada.
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0:14
lunes, 24 de febrero de 2014
Flumen oblivions
Agora que temos todo tapiado
xa non sentimos o temporal.
Agora, cos ollos pechados
é moito máis fácil medrar.
Agora, ignorándonos, na escuridade.
Cos beizos tortos, encadeadas as maos...
Bendita ignorancia que é felicidade.
xa non sentimos o temporal.
Agora, cos ollos pechados
é moito máis fácil medrar.
Agora, ignorándonos, na escuridade.
Cos beizos tortos, encadeadas as maos...
Bendita ignorancia que é felicidade.
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Unknown
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16:33
viernes, 21 de febrero de 2014
Premorriña
Aún me quedan meses en este curruncho del planeta y ya siento que voy a echarlo de menos el resto de mi vida. Uno se encuentra una noche bajo su lluvia eterna escuchando a Ferreiro mientras ve cómo en su lista de amigos aparece un puñado de personas que no estaban ahí hace unos meses, de cuya existencia no sabía nada, pero sin los que no es capaz de imaginarse ya un día a día. Y me doy cuenta que llegará el momento en que desde mi casa no pueda ver playas vacías, y que cuando las vea llenas de lluvia no será lo mismo, y que, desde luego, va a faltarme todo el valor del mundo para marcharme.
Galiza, ficechesme escravo de tanto quererte ceibe.
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Unknown
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1:14
miércoles, 25 de diciembre de 2013
A lingua da choiva
As palabras en galego son lixeiras,
escapanse e, por veces,
desaparecen
sen deixar rastro.
As palabras en galego tes que amarralas coma bateas,
e esculpilas, en granito, para que pesen.
E empiladas, unha sobre a outra,
facer catedrais,
para facer historia.
As palabras en galego están sempre en loita,
e hai batallas que se ganan soamente con mais palabras.
Usándoas.
Esculpindoas.
Amarrándoas, para darlles ás.
As palabras en galego son miñas,
porque cando o uso
Esculpenme,
amarranme
e fanme ser,
tamén,
unha catedral con ás
no pe de batalla.
escapanse e, por veces,
desaparecen
sen deixar rastro.
As palabras en galego tes que amarralas coma bateas,
e esculpilas, en granito, para que pesen.
E empiladas, unha sobre a outra,
facer catedrais,
para facer historia.
As palabras en galego están sempre en loita,
e hai batallas que se ganan soamente con mais palabras.
Usándoas.
Esculpindoas.
Amarrándoas, para darlles ás.
As palabras en galego son miñas,
porque cando o uso
Esculpenme,
amarranme
e fanme ser,
tamén,
unha catedral con ás
no pe de batalla.
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Chrístopher Talot
a las
19:24
domingo, 8 de septiembre de 2013
Ensayo sobre empezar de cero.
19 años atrás. Noche. Terraza, sobre silla de plástico.
Mi cuerpo infantil inclina sus piés sobre el poliuretano blanco, lo que me permite pasar la barbilla ligeramente por encima de la baranda y ver, unos centenares de metros adelante, como el gran incendio acaricia las primeras casas de mi pueblo. Era el verano de 1994, y diecisietemil hectáreas de Henarejos, donde nací, quedarían reducidas a cenizas. Es, con casi total seguridad, el primer recuerdo que guardo: yo llorando, pensando que el fuego se llevaría todo lo que había conocido en tan corta vida, más hoy, dos décadas después, sigo asomándome a la misma terraza, con la baranda a la altura de mi cintura sin necesidad de inclinar nada, y el pueblo no se ha movido ni un centímetro de donde estaba aquél verano, si la regla de la translación me permite esta licencia.
Mi cuerpo infantil inclina sus piés sobre el poliuretano blanco, lo que me permite pasar la barbilla ligeramente por encima de la baranda y ver, unos centenares de metros adelante, como el gran incendio acaricia las primeras casas de mi pueblo. Era el verano de 1994, y diecisietemil hectáreas de Henarejos, donde nací, quedarían reducidas a cenizas. Es, con casi total seguridad, el primer recuerdo que guardo: yo llorando, pensando que el fuego se llevaría todo lo que había conocido en tan corta vida, más hoy, dos décadas después, sigo asomándome a la misma terraza, con la baranda a la altura de mi cintura sin necesidad de inclinar nada, y el pueblo no se ha movido ni un centímetro de donde estaba aquél verano, si la regla de la translación me permite esta licencia.
Si miro abajo, hacia mi calle, veo aquél antiguo solar por el que cruzaba a la Plaza, convertido ahora en un garaje que obliga a dar un rodeo. La casa de enfrente, otro antiguo solar donde nunca más perderé mi pelota. La de al lado ha sido reformada, cubriendo con hormigón sus cicatrices de piedra. La primera a la derecha, sigue idéntica, excepto por las cortinas que cambian según la moda de cada año. La siguiente era la de mi visabuela, que hace tiempo se mudó a otro lugar donde ya no importan incencios, ni rodeos, ni pelotas perdidas. Volviendo a mi acera, mi vecina riega sus plantas, antes casada, ahora viuda. Y cerrando el círculo, mi casa, del mismo blanco inmaculado, aunque yo ya no pueda verla de esa manera.
Y ¿qué ha pasado en 19 años? Libros, clases y juegos en la pequeña escuela ahora convertida en residencia de ancianos. Accidentes que no acabaron incendiando nada, pero que me llevaron a vivir a otros lugares. Diferentes ciudades, y paises, a mis espaldas, que me alejaron de esta terraza, aunque siempre me mantuvo unido a ella el mismo sentimiento de miedo a lo desconocido que sentí aquella noche sobre la baranda. En diecinueve años el país pasaba de organizar Olimpiadas y prometer dos hogares a cada padre de familia, a no poder ni pagarme los estudios. Estudios tan largos que puedo garantizar que han pasado millares de personas a lo largo de los años sin que llegue a acabarlos, algunos pisando más fuerte, otros más flojo, la mayoría alzando el vuelo pronto, muy pocos se quedarán eternamente. Pero los que lo han hecho ha sido a conciencia, extendiendo raíces tan adentro que están a salvo de incendios.
Diecinueve años llenos de alegrías y también de malos recuerdos, que las grandes personas que he encontrado me ayudan a ver desde otra perspectiva, de reojo, con la media sonrisa que te da la edad cuando la razón va ganándole camino al ímpetu. Y aun así, con los años, libros, idiomas, coitos, lágrimas, besos, notas, abrazos, discusiones, fiestas, cafés, exámenes, caídas, películas, olvidos, rupturas, cigarros, reencuentros, aviones, sueños, decepciones, secretos y sonrisas que han pasado, siento que aún necesito ponerme sobre una silla, inclinar mis piés, y mirar con miedo y emoción todo el mundo y la vida que me quedan por delante.
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Chrístopher Talot
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13:13
sábado, 24 de noviembre de 2012
El caparazón
Se me educó en un mundo en el que, ante todo, lo más importante era decirle a cada persona exactamente lo que desea oír. No era una cuestión racional, ni mucho menos sana, sino simplemente un modo barato y desquiciante de mantener todos los hilos en tensión, de dejar que cada uno fuera tirando de su extremo de la telaraña sin que el insecto acabara devorado. Conforme crecí, fui amoldándome a cada uno de los potenciales depredadores limando sus dientes con palabras que regalaban sus oídos y convirtiéndolos así en cómplices, estableciendo la paz social ante el caos latente. Sin embargo uno no puede actuar toda la vida y llega un momento en que el caparazón se rompe, no porque ninguna de las criaturas al acecho lo haya quebrado, pues la artimaña de complacer arbitrariamente es la más eficaz de las terrenales, sino porque cargar con tanta complacencia acaba pesando demasiado para la coraza misma, y esta estalla. Y es que no estamos diseñados para crecer en un mundo en el que debamos de cambiar de cobertura ante cada observador, no podemos ser aquella persona que esperamos que cada uno sea, no podemos convertir cada momento en especial y cada palabra en mágica, pues al final acaba por parecernos todo tan monótono y aportándonos tan poco que la solución más cómoda es dejar de interpretar y entrar en un estado de mutismo y aflicción. Rompemos la telaraña de tanto hilarla. Se quiebra la máscara de tanto gritar tras ella. Cuando decimos que somos nosotros mismos y nuestras circunstancias, a menudo interpretamos que debemos ser nosotros mismos y las circunstancias de los que nos rodean, y acabamos convirtiéndonos en depredadores también, fagocitándonos a nosotros mismos.
Cuando críe a mis hijos no los educaré como al camaleón, ni dejaré que algún día se conviertan en la araña. Los educaré en un mundo en el que es más importante ser un lento caracol con una única concha, que un espabilado cangrejo ermitaño en continua mudanza.
Cuando críe a mis hijos no los educaré como al camaleón, ni dejaré que algún día se conviertan en la araña. Los educaré en un mundo en el que es más importante ser un lento caracol con una única concha, que un espabilado cangrejo ermitaño en continua mudanza.
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Chrístopher Talot
a las
20:23
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